
“Ahora el tiempo a transcurrido, y el sol, el famoso sol de Italia, alcanza la cresta del mediodía envuelto en un ligero tul de gasa amarilla, como si en lo muy alto de la atmósfera estuviese ‘razonablemente’ contaminada. Y lo está, nadie puede dudarlo. […]
Por supuesto ya no estoy solo, ha ido aumentando dramáticamente el número de personas en la calle. La gente ha despertado ya de manera total y muchos llevan sus Kodaks automáticas y sus Nikons 2020 colgadas al pecho, del mismo modo que los Scrovegni de Padua, en la baja Edad Media, llevaban colgados del cuello sus pequeños bolsos o escapularios con el escudo de la casa.
Hay otros (siempre, inevitablemente, los hay) que apuntan con sus cámaras de video que barren el horizonte como si estuvieran enfocando la obra de su vida. A la gente le encanta la mirada indirecta a través del objetivo, ver y mirar por delegación, ver y mirar de manera subrogada, subordinar, en definitiva, la realidad del encuadre que la limita. ¿Y todo para qué? Para recordar lo que se olvida. O para olvidar inmediatamente lo que acaba de verse.
Dante, en cambio, observaba detenidamente y en forma directa; sus ojos –y los ojos de la imaginación y del recuerdo- eran lentes hiperpulidas capaces de registrar los más mínimos detalles de una forma, los más sutiles relieves de un volumen, la variedad más compleja de un color. Dante pintaba con exactitud maníaca y riqueza incomparable. Habla de vapores parecidos a los que despiden ‘las manos mojadas en invierno’, señala cristales luminosos idénticos en su intensidad y quietud a las aguas tranquilas de un lago profundo ‘aunque no tan profundo que evite distinguir la luz de fondo’. Para destacar la claridad de una perla nos dice que apenas la veríamos en una frente muy blanca.
Nuestros contemporáneos, en cambio, ya no confían en sus propios ojos.
Otros más (muchísimos) oprimen sus teléfonos celulares minúsculos (cada vez más minúsculos) y hablan o escuchan y asienten o niegan. Lo cierto es que nadie parece estar donde está visiblemente, sino en alguna otra parte, en otra frecuencia de onda, en algún eco de sí mismo, en otra imagen destinada a un futuro imprevisible. Esta propensión alephica, este impuso global hacia las más diversas desmaterializaciones, contiene y expresa la opinable condición de situarnos en todas partes en todas partes son que estemos realmente en ninguna. En consecuencia, yo me ‘aferro’ a ese sol.
Ahora, el rumor de la voces altas planea la altura del tráfico en medio del deslizamiento continuo de los automóviles que circulan lentamente, subiendo la cuesta de via Veneto: un Jaguar azul, un Mercedes 320, un Nissan color acero, varios convertibles con las capotas descubiertas, brazos bronceados, hombros desnudos, muñecas con espléndidos y discretos Baume & Merciers, un aroma a esencia humana más bien tratada, con pizcas de sudor estival, perfume de alcohol evaporándose. Ecos ineludibles de riqueza (envoltorios con insignias costosas, ropas, carteras, zapatos, alhajas). Es la aceptada competencia de las marcas, el escudo de armas de estos días, el símbolo trivial y poderoso del ‘shopping status’: Evian, Kenzo, Givenchy, Fendi, Chanel, Zegna, Arman, Donna Karan, Rolex, Hermès, Van Cleef… Nombres propios para una ilusión emblemática. Trofeos del dinero, piezas cobradas en la cacería del consumo. Y además, (ahora), música aquí y allá, que fluye probablemente de los mismo automóviles o del interior de los restaurantes y cafés.
He aquí la idea encarnada de la individualidad inexpugnable, de la personalidad ‘inconfundible y úica’ pero –vaya paradoja- cautiva en la triunfante homologación de la moda, donde lo único fracasa en lo idéntico multiplicado, y donde el uno se siente uno si no es dos, o un millón. Una contradicción insoluble. Es muy probable que un exceso de individualismo nos vuelva efímeros, tanto como un exceso de colectivismo nos torna estadísticos e inidentificables.
Tampoco sabemos si el término medio es posible. Lo único que sabemos es que se nos propone algo extraño y de naturaleza ferozmente antagónica: que seamos libres y excepcionales pero que hagamos como hacen todos. Vaya.”
Por supuesto ya no estoy solo, ha ido aumentando dramáticamente el número de personas en la calle. La gente ha despertado ya de manera total y muchos llevan sus Kodaks automáticas y sus Nikons 2020 colgadas al pecho, del mismo modo que los Scrovegni de Padua, en la baja Edad Media, llevaban colgados del cuello sus pequeños bolsos o escapularios con el escudo de la casa.
Hay otros (siempre, inevitablemente, los hay) que apuntan con sus cámaras de video que barren el horizonte como si estuvieran enfocando la obra de su vida. A la gente le encanta la mirada indirecta a través del objetivo, ver y mirar por delegación, ver y mirar de manera subrogada, subordinar, en definitiva, la realidad del encuadre que la limita. ¿Y todo para qué? Para recordar lo que se olvida. O para olvidar inmediatamente lo que acaba de verse.
Dante, en cambio, observaba detenidamente y en forma directa; sus ojos –y los ojos de la imaginación y del recuerdo- eran lentes hiperpulidas capaces de registrar los más mínimos detalles de una forma, los más sutiles relieves de un volumen, la variedad más compleja de un color. Dante pintaba con exactitud maníaca y riqueza incomparable. Habla de vapores parecidos a los que despiden ‘las manos mojadas en invierno’, señala cristales luminosos idénticos en su intensidad y quietud a las aguas tranquilas de un lago profundo ‘aunque no tan profundo que evite distinguir la luz de fondo’. Para destacar la claridad de una perla nos dice que apenas la veríamos en una frente muy blanca.
Nuestros contemporáneos, en cambio, ya no confían en sus propios ojos.
Otros más (muchísimos) oprimen sus teléfonos celulares minúsculos (cada vez más minúsculos) y hablan o escuchan y asienten o niegan. Lo cierto es que nadie parece estar donde está visiblemente, sino en alguna otra parte, en otra frecuencia de onda, en algún eco de sí mismo, en otra imagen destinada a un futuro imprevisible. Esta propensión alephica, este impuso global hacia las más diversas desmaterializaciones, contiene y expresa la opinable condición de situarnos en todas partes en todas partes son que estemos realmente en ninguna. En consecuencia, yo me ‘aferro’ a ese sol.
Ahora, el rumor de la voces altas planea la altura del tráfico en medio del deslizamiento continuo de los automóviles que circulan lentamente, subiendo la cuesta de via Veneto: un Jaguar azul, un Mercedes 320, un Nissan color acero, varios convertibles con las capotas descubiertas, brazos bronceados, hombros desnudos, muñecas con espléndidos y discretos Baume & Merciers, un aroma a esencia humana más bien tratada, con pizcas de sudor estival, perfume de alcohol evaporándose. Ecos ineludibles de riqueza (envoltorios con insignias costosas, ropas, carteras, zapatos, alhajas). Es la aceptada competencia de las marcas, el escudo de armas de estos días, el símbolo trivial y poderoso del ‘shopping status’: Evian, Kenzo, Givenchy, Fendi, Chanel, Zegna, Arman, Donna Karan, Rolex, Hermès, Van Cleef… Nombres propios para una ilusión emblemática. Trofeos del dinero, piezas cobradas en la cacería del consumo. Y además, (ahora), música aquí y allá, que fluye probablemente de los mismo automóviles o del interior de los restaurantes y cafés.
He aquí la idea encarnada de la individualidad inexpugnable, de la personalidad ‘inconfundible y úica’ pero –vaya paradoja- cautiva en la triunfante homologación de la moda, donde lo único fracasa en lo idéntico multiplicado, y donde el uno se siente uno si no es dos, o un millón. Una contradicción insoluble. Es muy probable que un exceso de individualismo nos vuelva efímeros, tanto como un exceso de colectivismo nos torna estadísticos e inidentificables.
Tampoco sabemos si el término medio es posible. Lo único que sabemos es que se nos propone algo extraño y de naturaleza ferozmente antagónica: que seamos libres y excepcionales pero que hagamos como hacen todos. Vaya.”
(Extracto de "El roce de Dante", de Rodolfo Rabanal.)
Lina Masaki says:
¿Cómo hace este chabón para decir con palabras tan acertadas lo que te pasás la vida pensando pero no podés expresar?
Ja. Entiendo que sea tu favorito, y muy bien elegido este fragmento, que explica con exquisitez las grandes pelotudeces de la vida.
Y bueno... nada. XD Es para matarlos.
Te quiero.
8:27 PM
Fer says:
JA, tal cual, esas cosas ridiculamente impuestas a uno lo vuelven loco vio. No sabe para donde disparar.
Besos
7:16 PM
una loca linda says:
estoy entre maravillada y envidiosa, pero es sana, envidia sana podría decirse... con admiración...
que buen fragmento
8:02 PM