miércoles, febrero 27, 2008

Y dale con Rabanal

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Parece que gustó y por eso insisto. Este hombre, evidentemente escribe los domigos por la tarde.
Esta vez, voy a citar algunos párrafos de otra novela de Rodolfo Rabanal, "La mujer rusa". Les advierto que son frases y párrafos que pertenecen a diferentes capítulos Disfrútenlos.

(Habían aflorado las concecuencias de la "pizza con champagne" en Argentina).
"Mi aspecto interior seguía siendo el mismo, idéntica también mi indiferente vitalidad, pero suponía, sin que esa sospecha llegara ni de lejos a atormentarme, que ya no habría cambios aunque todo cambiara incesantemente. [...] En ese entonces las condiciones de la realidad (no en términos filosóficos, sino en términos sociales, económicos y políticos) habían empezado a degradarse a una velocidad inaudita. [...] El imperio que nunca existió se desmoronaba ante los ojos de todos.
Había mugre, agresividad, desmantelamientos físicos y morales y un descontento amargo que crecía como la fiebre o como el agua que anega una cala sin salidas [...]
La ciudad estaba llena de ancianos grises y pobremente vestidos que cargaban bolsas de plástico yendo de un lado al otro en procura de trámites tediosos y de recursos insuficientes. Así fue que aprendimos en carne propia que, en las grandes comunidades caóticas y estafadas, la degradación corrosiva se ensaña primero con los extremos y cobra sus principales víctimas entre los niños y los viejos.
Los mendigos, que ahora eran legiones, pedían a los gritos, algunos insultaban. El mismo idioma crujía hasta romperse; un idioma callejero, repentinamente rústico, abaratado, reducido a términos repetitivos, plagado de vocablos económicos y de inadecuadas metáforas bursátiles. Era un idioma burocrático, basto. La vida cotidiana se estaba pareciendo cada vez más a los ordinarios y atroces programas de entretenimientos que emitía la televisión local. Era como una broma sardónica cuya hostil alegría se asemejaba a un deseo sin esperanza."


(El protagonista deja esa Buenos Aires y emprende un viaje a un pueblo costero de Uruguay)
"Siempre nos movemos por razones insospechadas.
Sin embargo, a esa fecha (primera semana de marzo de mil novecientos noventa y siete) es imposible negarle importancia, porque marca un deslinde, indica el momento en el cual los tensos y fatigados resortes que contenían mi existencia 'normal' estaban a punto de saltar, vencido bajo la presión de una rutina ciudada ya para entonces demasiado prolongada, demasiado 'igual a sí misma'. La fecha importa porque, como dije, traza un antes y un después, pone una pausa en la marcha mecánica de los días ajados y, de un golpe, arrasa con ellos."



Continuará...




La mejor parte de los domingos por la tarde, es cuando llega la noche. El día en que las estadísticas demuestra la mayor cantidad de suicidos va llegando a su fin. Y se siente, acaso, alivio. Y ya se puede suspirar.


Algún amor presente o pretérito, (o de futuro incierto) tal vez viene a visitar los recuerdos.


Humildemente, me me atrevo a ilustrar esta obra con la canción "The dimming of the day", de Richard Thompson, interpretada por David Gilmour y dedicada al maestro Rodolfo Rabanal.



jueves, febrero 21, 2008

Eclipse

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Cerveza, una canción, y el eclipse lunar... y yo queriendo palpar tu algodón... (y tus relieves también...)

martes, febrero 19, 2008

Buena mañana

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Día nublado, feo, como que llovizna. Garrón. Línea 5, me aburro, no traje un libro. Ah pero está el Ipod en la mochila. ¿Qué voy a escuchar? Bueno, que sea a la suerte. Dependiendo del tema que suene, así será el día. Si la canción es un bajón, así será la jornada. Cierro los ojos, lo enciendo y suena.
Llego a la redacción. No hay nadie. Estoy solo, tranquilo. Pido desayuno. Hoy me regalan la manteca el jugo y la mermelada. Copado. Suena el teléfono. Es el Comandante Mayor del Aeropuerto Internacional de Tucumán. Me invita a que tripule un jet que verificará los nuevos equipos de radiotrasmición que compraron. Copado, mil.

Listo.
Ah, la canción era Pride and joy, de Steve Ray Vaughan. ¿Qué puede salir mal hoy?

sábado, febrero 16, 2008

Acerca de una pasión II

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Si. Estoy copado con “El héroe sin nombre” de Rodolfo Rabanal (insisto: tal vez mi escritor favorito). Por eso es que en este post, les dejo otro fragmento.
Contexto: Es la época de la dictadura militar. El protagonista y la mujer con la que mantiene una relación, viajan a Rawson para visitar al hermano preso de la señorita.
Después de salir de la cárcel, la pareja decide hacer algo para disipar el dolor que vivieron en el lugar. Lo único que encuentran abierto es un cine donde proyectan “La maldición de la pantera rosa”, y deciden entrar. Disfrútenlo.


Prácticamente no hay espectadores, cinco o seis personas a lo sumo en butacas intermedias. Elegimos las últimas y nos apretamos juntando las manos. Las magnificas torpezas del inspector Clouseau nos diluyen en nuestros pensamientos penosos (los míos al menos) como se diluye un terrón de azúcar en una taza de café caliente. Peter Sellers, que vuelve loco a su jefe, habla marcando consonantes y perdiendo las vocales en el camino en la parodia extrema de un británico snob imitando a un francés igualmente snob. El efecto es tremendo y ahora nos reímos como si hubiésemos recuperado la felicidad, media hora antes -la pobre- al borde del abismo. Después, cuando el film promedia y ataca la parte final, mi mamo derecha busca entre su ropa y la mano izquierda de ella se desliza hacia mi entrepierna, mientras empezamos a besarnos como si nos bebiéramos el uno al otro. Ahora ya nada puede detenernos, a ella le excita hacerlo en los cines y en los lugares públicos, en los rincones de distracción y en los trenes nocturnos. quizá se trate de una forma peculiar de rebeldía. Y mientras lo hacemos sé que la cárcel es precisamente la imposibilidad de este esplendor, de esta porfía y de este desafío. He aquí la fuente de todas las delicias brutalmente denegadas al convicto, los bienes incalculables del “mundo exterior”, la luz del aire sobre las últimas ramas de los árboles un atardecer de primavera, y la boca tibia de una mujer amante acariciando con sus labios y su lengua el terso escroto y el glande inflamado del hombre en la inigualable intimidad de la total entrega. No puede haber mayor penuria y privación impuesta por los hombres a los hombres que ese exilio, ese destierro del sexo festivo. Pero sexo parece sonar ahora como una palabra acaso demasiado delimitada, demasiado circunscripta a un tipo de comportamiento fisiológico, casi clínico. Entonces ¿qué más? ¿qué otra palabra cumpliría el requisito que la plétora exige?
Ana María Ryghe dice pasión, entusiasmo. Y yo añado: perturbación deliciosa de los sentidos, fruición extrema, arrobamiento de la sensualidad feliz. Y ella: alianza “opuesta” de las sensaciones, ansia, desvelo y codicia. Hambre. Amor. Y yo sigo: Recompensa, satisfacción y vacío, necesidad y cumplimiento. Y ella: Amor. Violencia, dolor, placer y ternura. Ritmo. Amor.
miércoles, febrero 06, 2008

Acerca de una pasión

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"Fragmento de "El héroe sin nombre" de Rodolfo Rabanal. (Acaso el
escritor que más admiro)

"Ana María Ryghe, me propina una caricia y me besa. Su boca sabe a
fruta con un fondo apenas astrisgente, como si acabara de chupar unas
gotas de lima. Yo, por lo que ella dice, huelo a whisky y tabaco. Sin
embargo, no señala que le disguste mi aliento porque su lengua juega
meticulosamente con la mía como si se tratara de una víbora amigable
curioseando un objeto de interés común para ambas, entonces la toco y
la aprieto y siento que estoy aferrándome a ella -a su aliento, a sus
labios, a sus ojos- como quien llega a la costa de salvación al borde
mismo del desmayo. La palpo, la huelo, le mordisqueo el cuello, los
hombros. Esta mujer (le digo como si fuera otra y yo la denunciara) me
va a convertir en un perro. Vamos a la cama, me pide. No, le digo,
aquí mismo"
sábado, febrero 02, 2008

Su pecho y mi mano

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Sus padres no estuvieron en todo enero.
Dormí todas estas noches en su casa.
En la cama, cuando se rendía al sueño se daba lmedia vuelta, se acomodaba de costado, apoyada sobre el lado derecho de su cuerpo, dándome la espalda, pero dándomela literalmete: todo el inverso de su cuerpo pegado a mi anverso.
Con su mano izquierda, tanteaba buscando la mía, y una vez que la encontraba la llevaba sobre su pecho y la sostenía allí, acaso, toda la noche.
Más tarde, cuando ya cambiábamos de posición ya dormido, a veces ella estaba detrás mío, y de madrugada, no sé si en sueños, sonámbula o despierta me besaba. La mayor parte de esos besos eran en mis hombros o en los homóplatos.
Cada vez que se daba cuanta de que estábamos alejados en la cama, se acercaba, se pegaba a mí y, no sé si en mí se refugiaba o me protegía... Pero siempre buscaba mi mano, para apoyarla en su pecho, apretándola fuerte, haciéndome sentir la vibración de los latidos de su corazón.