Parece que gustó y por eso insisto. Este hombre, evidentemente escribe los domigos por la tarde.
Esta vez, voy a citar algunos párrafos de otra novela de Rodolfo Rabanal, "La mujer rusa". Les advierto que son frases y párrafos que pertenecen a diferentes capítulos Disfrútenlos.
(Habían aflorado las concecuencias de la "pizza con champagne" en Argentina).
"Mi aspecto interior seguía siendo el mismo, idéntica también mi indiferente vitalidad, pero suponía, sin que esa sospecha llegara ni de lejos a atormentarme, que ya no habría cambios aunque todo cambiara incesantemente. [...] En ese entonces las condiciones de la realidad (no en términos filosóficos, sino en términos sociales, económicos y políticos) habían empezado a degradarse a una velocidad inaudita. [...] El imperio que nunca existió se desmoronaba ante los ojos de todos.
Había mugre, agresividad, desmantelamientos físicos y morales y un descontento amargo que crecía como la fiebre o como el agua que anega una cala sin salidas [...]
La ciudad estaba llena de ancianos grises y pobremente vestidos que cargaban bolsas de plástico yendo de un lado al otro en procura de trámites tediosos y de recursos insuficientes. Así fue que aprendimos en carne propia que, en las grandes comunidades caóticas y estafadas, la degradación corrosiva se ensaña primero con los extremos y cobra sus principales víctimas entre los niños y los viejos.
Los mendigos, que ahora eran legiones, pedían a los gritos, algunos insultaban. El mismo idioma crujía hasta romperse; un idioma callejero, repentinamente rústico, abaratado, reducido a términos repetitivos, plagado de vocablos económicos y de inadecuadas metáforas bursátiles. Era un idioma burocrático, basto. La vida cotidiana se estaba pareciendo cada vez más a los ordinarios y atroces programas de entretenimientos que emitía la televisión local. Era como una broma sardónica cuya hostil alegría se asemejaba a un deseo sin esperanza."
(El protagonista deja esa Buenos Aires y emprende un viaje a un pueblo costero de Uruguay)
"Siempre nos movemos por razones insospechadas.
Sin embargo, a esa fecha (primera semana de marzo de mil novecientos noventa y siete) es imposible negarle importancia, porque marca un deslinde, indica el momento en el cual los tensos y fatigados resortes que contenían mi existencia 'normal' estaban a punto de saltar, vencido bajo la presión de una rutina ciudada ya para entonces demasiado prolongada, demasiado 'igual a sí misma'. La fecha importa porque, como dije, traza un antes y un después, pone una pausa en la marcha mecánica de los días ajados y, de un golpe, arrasa con ellos."
Esta vez, voy a citar algunos párrafos de otra novela de Rodolfo Rabanal, "La mujer rusa". Les advierto que son frases y párrafos que pertenecen a diferentes capítulos Disfrútenlos.
(Habían aflorado las concecuencias de la "pizza con champagne" en Argentina).
"Mi aspecto interior seguía siendo el mismo, idéntica también mi indiferente vitalidad, pero suponía, sin que esa sospecha llegara ni de lejos a atormentarme, que ya no habría cambios aunque todo cambiara incesantemente. [...] En ese entonces las condiciones de la realidad (no en términos filosóficos, sino en términos sociales, económicos y políticos) habían empezado a degradarse a una velocidad inaudita. [...] El imperio que nunca existió se desmoronaba ante los ojos de todos.
Había mugre, agresividad, desmantelamientos físicos y morales y un descontento amargo que crecía como la fiebre o como el agua que anega una cala sin salidas [...]
La ciudad estaba llena de ancianos grises y pobremente vestidos que cargaban bolsas de plástico yendo de un lado al otro en procura de trámites tediosos y de recursos insuficientes. Así fue que aprendimos en carne propia que, en las grandes comunidades caóticas y estafadas, la degradación corrosiva se ensaña primero con los extremos y cobra sus principales víctimas entre los niños y los viejos.
Los mendigos, que ahora eran legiones, pedían a los gritos, algunos insultaban. El mismo idioma crujía hasta romperse; un idioma callejero, repentinamente rústico, abaratado, reducido a términos repetitivos, plagado de vocablos económicos y de inadecuadas metáforas bursátiles. Era un idioma burocrático, basto. La vida cotidiana se estaba pareciendo cada vez más a los ordinarios y atroces programas de entretenimientos que emitía la televisión local. Era como una broma sardónica cuya hostil alegría se asemejaba a un deseo sin esperanza."
(El protagonista deja esa Buenos Aires y emprende un viaje a un pueblo costero de Uruguay)
"Siempre nos movemos por razones insospechadas.
Sin embargo, a esa fecha (primera semana de marzo de mil novecientos noventa y siete) es imposible negarle importancia, porque marca un deslinde, indica el momento en el cual los tensos y fatigados resortes que contenían mi existencia 'normal' estaban a punto de saltar, vencido bajo la presión de una rutina ciudada ya para entonces demasiado prolongada, demasiado 'igual a sí misma'. La fecha importa porque, como dije, traza un antes y un después, pone una pausa en la marcha mecánica de los días ajados y, de un golpe, arrasa con ellos."
Continuará...
La mejor parte de los domingos por la tarde, es cuando llega la noche. El día en que las estadísticas demuestra la mayor cantidad de suicidos va llegando a su fin. Y se siente, acaso, alivio. Y ya se puede suspirar.
Algún amor presente o pretérito, (o de futuro incierto) tal vez viene a visitar los recuerdos.
Humildemente, me me atrevo a ilustrar esta obra con la canción "The dimming of the day", de Richard Thompson, interpretada por David Gilmour y dedicada al maestro Rodolfo Rabanal.



