miércoles, junio 01, 2011

La anfitriona


Esa noche la terminal no podía estar llena porque su entrada hubiera perdido la teatralidad que su figura impone.
Era un punto negro en el horizonte enorme y curvo de la estación que se aproximaba sin mirar al objetivo porque sabía que el objetivo la observaba venir.
Toda de negro y un libro blanco en los brazos. Viento lateral en su pelo castaño claro y los ojos con dos arrugas mínimas producto de la sonrisa sostenida. La mano, el beso, la mano siempre agarrando, poseyendo.
Así, dos días después, la mano primero encendió velas y más tarde rasguñó la espalda. Horas después una mano conducía y la otra señalaba los lugares más característicos de una ciudad desconocida para él. Lo gótico, lo colonial, lo moderno. La mirada, la explicación, la didáctica. La arquitectura.
Una milanesa, un lomo y una eterna mirada. Verse masticar. Sonreír y mirar para abajo. ¿Panza llena corazón contento? Nada de eso, el corazón es feliz cucharita mediante.
Equipaje y boletos en una mano, la otra siempre en la otra mano.
Cabaña, estrellas, sol, nubes, cerro, calle de tierra y cabaña otra vez. La mano sostiene la otra mano en su pecho y la escena se nutre de la teatralidad propia, ninguna más acertada. Siempre en cucharita. Siempre de algodón.
El beso no era beso. El beso era sangre, sudor y lágrimas. El beso era pura rúbrica, marca registrada y propiedad intelectual.
Esa última noche, la terminal no podía estar vacía, porque su salida entre miles de otros, toda de negro y sin el libro blanco en los brazos, hubiese perdido la teatralidad que su esencia impone.

miércoles, diciembre 29, 2010

Utopías de nochevieja


Que levanten la mano los que hicieron el amor a las doce, a ver quien se anima, a ver si hay uno solo.
Que levante la mano el que abrió el champagne a la 01.30, satisfecho de amor.
Si hay algo que en realidad deseo es que pal pal 31 te me vengas, te olvides del fastidio navideño, te pongas el vestido que yo elija, te me envuelvas de girnaldas, te me regales y te dejes regalar.
Que bailemos hasta la muerte; que invoquemos a Antonio Ríos; que inauguremos los lentos; que el chamuyo sea indeleble, que me extiendas las cortinas.
Que me cierres las ventanas y las cortinasl, la boca de silencios, los labios de texturas, las caderas de lycra turquesa, los pulmones de gemidos; las manos de recorridos; la palabra de un único enunciado que exprese a los ojos un simple pero contundente "feliz año nuevo".

miércoles, diciembre 08, 2010

Justina responde



De todos los tipos que es él, Ezequiel es mi favorito. Es el menos conocido, quizá por eso tiene (para mi) ese encanto de "exclusividad".
¿Los otros?
Brevemente..
Juanpi trabaja. Trabaja hasta el cansancio, le gustan los ravioles, la precisión, estar informado, los mates en la plaza, Dolina, la tecnología, el tango, la Pritty limón, ama Buenos Aires, odia que lo llamen tocándole la espalda con un solo dedo, es desordenado, cree en las instituciones, prepara el café batido más rico y proporcionado que probé y, sobre todo, es un tipo con la vida muy vivida.
López es soberbio, nunca esta donde parece que esta, es autorreferencial siempre, minucioso, defensivo, ácido, fobico de las imperfecciones, irónico, tiene años de investigación estadística en un tema que es su especialidad: "Las mineeeetas", duerme en diagonal y se levanta indefectiblemente de mal humor.
"El flaco" es un tipo divertido, un seductor nato de Doñas, Doñitas, Dones, capos, maestros, piernas, vagos, changos, chinitas y quieneselecrucen. Ama el baile, el ferné, la guitarra, Humahuaca, los regionalismos, el carnaval y el matambre de cerdo entre dos panes. Es decano hasta las bolas, amigo impostergable y obsesivo de la limpieza.
Ezequiel escribe. Escribe como ninguno, transmite lo complejo desde lo simple, captura detalles por todos los medios, se esconde detrás de López, es perspicaz, inseguro, prolijo, romántico, neurótico de la ortografía, le gusta Cantinfla, lo femenino, los aviones, dormir "cucharita", la estética en todas sus formas, mirar Paka-Paka, se fascina con Rabanal, ama Tucumán, le angustia la soledad y la navidad, sueña con un amor, se brota cuando se asusta, se asusta cuando se brota, escucha Orishas y solo en presencia de su alter ego se escucha a si mismo.
Quizás hay algunos más en él, nose. Sí puedo decir que tienen en común la pasión por la música y un ahijado cachetón que puede con todos.
Sobre el escribidor:
Ezequiel, el escribidor, es un tipo raro. Él me quiere, me quiere imposible. Quiere de mi lo que espera de él, sueña una yo que reproduzca paso a paso, lo que su fanatismo estético ideo un segundo antes de que mi gesto suceda. De lejos pareciera convencerse de que su creación existe, se acerca y recuerda los porqueS no. Es un tipo raro pero él me quiere y eso es lo que importa.

miércoles, diciembre 01, 2010

Justina



Llega y se nota que camina apenas apoyando sus metatarsos. No se sabe si por defecto o bien para estilizar su cuerpo ornamentado con una pequeñísima cartera colgante de mano.
Si es verano lleva vestido medio. Con los hombros muy al aire gracias a su crespa cabellera corta que los exhibe anhelantes de que unos labios se atrevan a contar sus lunares.
Los encoje cuando la halagan, gira la cabeza a la derecha e inclina el rostro mordiendo sus labios con la manifestación sonora primera de su sonrisa apenas expresada en un corto exhalar, como un sniff pero para afuera.
Sólo mira cuando sentencia, en tanto que cuando escucha, sólo mira para calcular el disparo apoyando los codos en la mesa.
Cuando es amante de verdad ama. No da tregua al beso, ni a la espalda, ni al gemir ni al latido. Cuando es amante de verdad ama, al punto de retirarse si el abrazo no la abraza mientras sueña sin dejar nota alguna pegada en la heladera.
Y sufre y dice que baila, y me mira y se resiste del beso y del cachetazo. Y tiene naturaleza en las manos chicas, hospitalidad en el escote, debilidad en la cintura y debajo del algodón hippie a veces usa encaje.

viernes, octubre 22, 2010

Sustituciones

Las gotitas en el suelo son mis dedos en el teclado. La seca al cigarrillo, los suspiros que salen de las ventanas de este Tucumán reventando mis pulmones.
Cada trago de esta cerveza emborrachada, la tristeza de todas las mujeres juntas.
La luz naranja del farol del alumbrado público, el brillo de mi soledad más privada.
La pantalla de mi monitor, el estafador de mis fantasías; el teléfono ocioso, el administrador de mi desidia; la guitarra muda, la representante de mi total abandono.
Esta lluvia mi llanto, esta música mi cuchillo; este dolor mi dolor; estas nubes mi mala suerte; tu vestidito corto de tela floreada, esta puta condena.

sábado, septiembre 04, 2010

Retrospectiva



Qué será de mi patio, mi níspero, las rosas de la abuela y la puerta lateral de mis fechorías. El banco de la plaza, el alambrado de la escuela, la pelota pinchada y los pantalones que en pocos meses ya no andaban.
Cuanta más barba acumule, mejor se conserva la mejilla suave de aquel niño que conserva en ella los besos, las caricias, los suspiros.
Cuanto más recuerdo, más espero, más amo, más lloro y menos quiero volver. Porque allá donde fui tal vez no me conozcan, tal vez ya no me esperen con algún chocolate, o me inviten un partido. Acaso parezca yo ahora un fantasma, o apenas tenga unos gestos, un aire, pero no ya los ojos, la boca, la voz.
Pero estoy tranquilo.
Cuantos más autos pasen por esa calle, más habrán de imprimir la huella de mis zapatillas corriendo una diagonal para hacer el gol que me convirtió en un Maradona.
Cuantos más se golpeen los cubiertos sobre los platos, más perdurará el eco del igual sonido que hacía mi abuela al pisar bananas con miel.
Cuantos más hombres miren a Silvina, más privilegiado seré por ser el primero que le puso los ojos.
Cuantas menos fotos, menos lejano, menos llanto y más sonrisas.
Todavía está la pared de mis cincuenta y un números, antes de salir a gritar “piedra libre” y las capas de pintura y nuevos revoques no le han hecho nada.
Cuanto más grande me haga yo, más vivo se hará aquel. Cuando ya llegue mi muerte y me escondan en un agujero por siempre, será el momento en que se escuchará una voz bien aguda al grito de “piedra libre para vos”.

martes, agosto 31, 2010

El beso

Que el beso sea la risa, sangre, sudor y lágrimas. Que sea una fiesta, desnudo, sin pausa.

Que el beso sea de ojos cerrados y lengua compañera, que tenga ritmo, sabor, pausa, que se quede quieto un rato. Que te roce, me roce, me pregunte y le conteste, que enmudezca al tráfico.
Que el beso traiga buenas nuevas, que al finalizar implique estar callados, recordándolo, incitando a uno nuevito, con caricias, con abrazos.
Que el beso sea de uno, de los dos, para el sol, para la luna. Que sea agüita fresca, desprovisto de complejos, soñador, como el último suspiro del borracho.
Que cuando quiera venga triste, que pida asilo, que se quede y no se vaya, que se regale y no pida nada a cambio.
Que el beso no diga nada, más bien que tenga gesto. Que sea cómplice de fechorías, fantasías y de la moral delitos.
Que el beso tenga besos, que respire profundo, que sea beso.
Que el beso sea panal de miel, y tenga dientes, que sea orquesta triste, escena de película, y final de telenovela.
Que siempre esté alerta y llegue apresurado. Que sea desprevenido, mojado. Que nunca tenga prisa ni haga paro.
Que de una buena vez llegues y me beses, sin haber leído este instructivo, para que luego con un beso, te lo enumere punto por punto.


martes, febrero 16, 2010

El fugitivo


Como la cosa era escapar, poco le importaba el destino. Presionaba para hacerlo con casi la misma urgencia del sospechoso de un crimen y tan solo poner un pie en la Terminal ya lo tranquilizó. Leyó. Tomó porrón.
Se subió al micro y sacó su cuaderno de apuntes para registrar cosas en el ambiente tan reflexivo como el del inodoro que aporta el de un micro. Pero ojo, no cualquier asiento, porque le tocó los dos primeros, esos que están delante de un parabrisas que deja ver las rayas blancas al medio de la ruta; esas rayas que marcan un horizonte, que se esconde debajo de los pies se introducen por el metatarso y le dan manija a la cabeza, encima, con la discografía de Dylan en el Ipod como para que la manija no pare.
El otro, también en el parabrisas delantero se hipnotizaba con las nubes de la Ruta 9 que va al Norte. Cuando los cerros ya no se veían, se sacó el Ipod y contó secretos.También acaso reveló una serie de sentimientos que, si fueron dichos a debido decibel, harías pensar a todo el pasaje que se trataba de dos tremendos putos, uno de ellos, que para colmo lloraba.
Fue la Quebrada finalmente, y el fugitivo quedó mudo ante la música, expuesto a sonido de la quena y el charango como quien se deja matar apuntado por un fusil.
No paraba de escribir, no paraba de escuchar, no respiraba el aire, se lo tomaba. Por momentos disertaba hasta que quedó mudo ante unos ojos chinos que controlaban el pasar de los dedos en el mástil. La china cantaba como la puta madre y se puso tan hinchapelotas como al principio, cuando quería huir.
Y la besó, y se rindió. Cuando no la besaba, la miraba fijo, cuando no la miraba fijo, contemplaba la Quebrada. Cuando no miraba la Quebrada, la escuchaba. Cuando no la escuchaba se fumaba las zambas.
Te juro, era muy Van Dick, muy Tiesto, muy punk, muy Dylan, pero el amor que se lo estaba chupando, más la tierrita en los pies sin zapatillas le provocaban cantar (muy a su manera) “me anda faltando plata, chicha, coraje y un empujón del diablo pa enamorarme”.
Amó en otros años. Fue feliz, lo recuerda, pero nunca como en Iruya, apoyado en un mirador observando el paisaje que le agudizaba los sentidos como dos toneladas de pepas que en ningún momento necesitó. Mucho menos un faso, porque se fumaba a la china y a las notas en menor que salían de la guitarra del otro, enamorado también, pero de su viola.
Se lo vio llorar, no se sabe bien por qué, pero de tristeza no era. Se lo vio bailar, y prestarle atención al koya, saludar al niño de sonrisa tímida y decidirse por los cerros antes que por las torres. Nunca utilizó tanto el recurso del abrazo, nunca necesitó tanto contacto.
Hoy patea el cemento de la metrópoli envuelto en una realidad virtual a sabiendas de su yo más genuino plantado en la afortunada fractura de Iruya.
Tal vez tenga la misma ropa, y se siga colgando del subte a las 18. Aunque de seguro ya no se pregunta tantas cosas porque ahora prefiere sonreír, mirando hacia abajo, regalando una caricia luego de los enunciados.Cambió de oídos, de boca, de pies y de mano. Cambió la negrura por esperanza y el hastío por pasividad. Cambió las formas de saludar, de decir, de preguntar. No hace falta verlo para darse cuenta, todo cierra cuando se revisan los temas de su playlist.

miércoles, enero 20, 2010

Amar a alguien


Amar a alguien, se dice, es rendirse. Una especie de entrega que va más allá de toda voluntad. Es la Meca de las almas sensibles. Perdón, me retracto: amar es directamente ser arrebatado de ese templo para ser elevado al cielo y vivir por siempre allí.

Esa meca puede reducirse al lugar en donde todas esas almas sensibles peregrinan una vez por año en busca del arrebatamiento cual profeta Mahoma o Elías.

Vivir en el cielo (estar enamorado) no implica ponerse al nivel de Dios y esto encuentra justificación en que Jehová no se rinde a los pies de nadie, y el enamorado, aunque siente algo parecido a la divinidad se avasalla ante el otro o ante algunas manifestaciones del otro, esto es, caricias, besos, miradas, gestos, modos de hablar, tonos, movimientos, posturas, señas, códigos, inspiración, expiración, abrazos, tacto, olor, sexualidad y maneras de expresarlas, inteligencia, humor, ímpetu, seguridad, y métodos de resolución de problemas.

Por todas o cualquiera de estas manifestaciones el enamorado se somete aunque también ejerce poder sobre el otro.

El enamorado no tiene voluntad propia al punto que el peor de sus males es la pérdida del ser amado y la voluntad que ejerce sobre él.

Otros alegan que amar es vivir una serie de sensaciones en el pecho, en el estómago y nada más.

Algunos se animaron a decir que aman pero que no experimentan lo que se explica al inicio de este texto.

Personas experimentadas en las justificaciones dicen que cada ser ama de distinta manera. Por ejemplo, algunos alegan que su forma de amar no está precisamente en acariciar a su pareja. Ciertos casos pueden atestiguarse a diario cuando padres de unos 60 años le dicen a sus esposas e hijos “así amo yo. No acaricio pero trabajo.”

Hay sin embargo algunos que tienen maneras insólitas de amar. Este es el caso de personas que aman sometiéndose pero esta vez en un sentido literal. El destinatario del amor lo humilla, lo atormenta, y da por tierra todo respeto y consideración hacia el otro. A veces golpea, y el enamorado parece cometer errores adrede para que su pareja lo discipline una y otra vez con reprimendas dignas de un inquisidor.

Casi, pero un poco, al contrario de estos, están los que aman sirviendo. El otro no ignora sus atenciones pero tampoco las agradece, por lo menos en forma visible.

No olvidemos a esos que a su forma de amar se la califica como “ciegamente”. La verdad es que no comprendo muy bien el término pero se parece a venerar al otro a pesar de sus defectos físicos y/o de carácter, situación socioeconómica, historial espiritual, de pareja o policial.

Los que aman en secreto. Aquellos que nunca, o por un tiempo determinado revelarán su amor. Dentro de esta especie, están los que se enamoraron de su mejor amiga/o, de la pareja de otro/a, de un primo/a hermana, de un ser perteneciente a otra religión, de un/a evangélico, de un simpatizante de Racing Club de alguien de otra raza, de un/a pobre diablo/a, de un profesor/a o el extremo e incestuoso caso de un hermano/a. Algunos homosexuales que no han declarado al mundo su elección sexual, aman en secreto y yo creo que en ellos se da la mayor parte de los casos. La magnitud del sufrimiento del amante hermético es directamente proporcional al tiempo que el secreto sea guardado.

Lo cierto es que el amor y la ausencia de él ha desvelado a todos por lo menos una vez en la vida. Algunos no solo pasaron una noche en vela, sino que hasta se privaron intencionalmente o no de la vida misma. Pero los tiempos que corren en este mundo globalizado no son testigos de hechos tales.

Se ama desde la vaga pero visible idea de una eternidad de pasión que tal vez no existe a sabiendas de que decir “vaga pero visible” consoliden cierta contradicción en una misma frase. Si bien es cierto que se escribieron kilómetros de historias de amor eterno y miles de horas en telenovelas de pasión, en la realidad, en el trajín diario, no se han conocido ninguna que haya terminado como en los culebrones o en las novelas de Shakespeare.

Cada historia de amor, tiene un final y de seguro el lector en este momento ha de estar maldiciéndome o deprimiéndose.

Sin embargo, la idea de una devaluación amorosa futura inspirar a amar más, ahora que se puede, ahora que se siente; morir de amor, como dicen.

lunes, octubre 19, 2009

Actitud Facebook


Sexo: mujer. Me interesan: hombres. Cuando agrega la fotito de perfil, que sea la mejor producida, no sólo en lo estético de la instantánea. La expresión debe ser la estudiada, la ensayada para la foto pública. Las curvas deben ser acentuadas, la ropa, mejor si tiene escote o deja mostrar las piernas, caderas, y nalgas de la redención.
Nunca viene mal una autofoto tomada con celular brazo arriba para la acentuación pectoral y las gafas de sol habrán de ponerle noche hasta a el lunes a media mañana.
Todo, absolutamente todo lo que se publique ha de buscar el comentario obsecuente, la adulación no espontánea. La autora, para el alimento del ego, el comentarista, para recibir el favor del encuentro.
Es tal el protagonismo que tiene en la vida, que no hay salida sin cámara, no hay fin de semana que no sea publicado aunque todo lo que se registra tiene que ver con los momentos previos al etanol haciendo efecto.
Nunca falta el álbum “pile”, “mardel”, MDQ”, “Sanber”, “Sancle”, “Lastonis”, que ever la bikini y a la vez el comentario poco creativo, tal como “sos muy linda” cuando en realidad el comentarista pensó “te parto en 24”. (Algunas ya empezaron a mostrar bombachitas).

Si el pibe tiene buen lomo, a “Fotos de perfil”. Incluyen toda la información precisa que hasta determine posición económica. No ha de faltar la instantánea tuerca que muestre el logro (no sólo) del auto, sino también del “tunning”. De 500 contactos, no más de 20 son varones y aquel que mejor “material” tenga en la friendlist mayor jerarquía habrá de tener.
“¿Hola? ¿Te conozco?”, dice en el chat con ingenuidad premeditada a sabiendas que él mismo fue el que la agregó para luego, como indio que orteó al cacique, se haga el que no la conoce.
La pulsión voyerista en su máxima expresión, y el deseo de trascendencia como punto imperante. Facebook como parte de la vida y como página principal, que se abre apenas después del msn. De hecho, la fotito del msn ya no es tan importante como la del “Face”.
Sirve también para ver qué hace el ex, sirve también para mostrarle al ex “lo bien que se la está pasando”.
Eso sí, cuantos más contactos se tiene, más soledad se siente.

miércoles, septiembre 23, 2009

Casualmente premeditado

Bailaba con estridencia al ritmo de una música que tenía como consecuencia el feroz empinamiento de codo litro por litro.
Noche de frío y todos en remera porque el calor del boliche no se debe a su perímetro sino a las hormonas de ellas en escote, tanga y taco aguja; de ellos en jean abultado y brazos desnudos y trabajados.
Él no tenía sus músculos al viento y de hecho por más desnudo, sus músculos no se percibían. Él tomaba como quien va al cadalzo, lo suficiente como para que esa noche nadie acepte su ternura y mucho menos su indecoro.
Vueltas y vueltas en la pista oscura, zona liberada en la que su participación no era grata, acaso por los balbuceos.
La noche terminó. Había que ganar la calle y luego la cama de la soledad pampeana pero su amigo, con el que concurrió a la disco, solicitó espera y besó a una mujer así como besa Arnaldo André. Su rostro se parecía al de un indigente que mira comer asado.
Pero alguien lo saludó desde atrás y la voz, sea la de quien fuere, era como la de un ángel. Una vieja compañera de trabajo que también esperaba que su amiga termine el intercambio de fluidos.
“Estás linda”. “Gracias, vos también”. Los dos floreos se hicieron mirando a los ojos. Las dos cabezas se inclinaron en sonrisa. Los cuatro pulmones, se agitan a la vez. Señales suficientes que dan a entenderlo todo.
“Cada semana veo tu trabajo y realmente te admiro. Vas a ser un capo en tu materia y de mi parte vas a tener siempre mi admiración, porque además…”. Una serie de halagos continúan a la última cita, que no se detallan aquí, porque así como se interrumpió el relato, se interrumpió la atención de él, para preguntarse dentro de sí “¿le tiro todos los galgos? Probemos con un chiste”. El experimento se lleva a cabo y ella ríe a carcajadas. “Listo, es mía”.
Flores van, flores vienen pero ninguno es claro aún y los dos esperan que alguien haga la esperada sentencia.
El veredicto: “Me gustás mucho”; “vos también”. Los fundamentos: “Tremendo y tu escote, y ni hablar de lo bien que te queda ese jean en la cola, que deja ver el elástico de tu ropa interior y me muero por saber si será culotte, tanga o cola less”. Ella roja. “¿Querés ver?”. “Sí, claro”. “¿Dónde?”. “Conozco un lugar por acá cerca”. "Vamos".
Dos cuadras caminando pero alejados por más de un metro. Él se preocupa por su estado etílico que de ser importante podría hacerle pasar una importante vergüenza, pero aún así la tormenta de hormonas ya es torrentosa. Ella, solo calla y espera el acoso, el empujón que la choque en un paredón a la espera del avasallamiento del muchacho con el que ya todo está dicho.
“Lo pedís, lo tenés”. El beso en la pared oscura. La mano que recorre cerca de los puntos prevenida de un “no toques” que no llega, y no llega, y no llega, por lo que todo es palpado, todo.
La oscuridad se presta. Ella, federada en el juego de la adrenalina se pone de rodillas. El pela, ella fela. Escondidos los dos detrás de un cartel publicitario a cincuenta metros de una casa de amores.
“Maestro, ¿tiene habitación?”. Madrugada del domingo, cinco de la mañana, momento en que todo el mundo sale al mismo tiempo y satura los hoteles. Pero el sexo que es casual, lleva inexorablemente consigo una carga de fortuna, no así, aquel que se planea. “Sí, la 23. Pasen chicos…”.
Al final era una tanga. Al final la sincronicidad era exacta. El manejo preciso, los tiempos de redención paralelos y en conjunto. La confianza y el conocimiento mutuas y las vergüenzas y complejos de ninguno. Claro, la carga de fortuna del sexo casual.
No, no hubo tiempo para pucho de intervalo, todo fue aprovechado.
Turno. Teléfono. Despedida que no se desea. No hicieron falta agradecimientos ni despedidas obsecuentes. Bastaba con el abrazo, y con el último beso que fue como el primero, “así que mejor andate porque entramos de nuevo”. Media vuelta y dos taxis esperaban. No hubo que preocuparse por eso.
Llaves. Casa. Heladera. Que belleza: hamburguesas, pan, mayonesa, queso y coca. Claro, la carga de fortuna que el sexo casual conlleva.

jueves, agosto 06, 2009

Redactores de provincia


Por más que tuviera un auto él preferiría ir en colectivo, porque ahí hay aventura, porque es el más íntimo de los lugares masivos. Cada mueca de la gente la representa tal cual es, sea hablando, o con el sublime momento de paz que se vive al mirar ciegamente por la ventanilla.
La parada da justo a un kiosko, donde compra un atado de cigarrillos, pero de 10.
Camina unas pocas cuadras y fuma. Mira a las más jovencitas, “ésta está buena”, “ésta no”.
Desvía en la vereda y entra al importante edificio en el que se encuentran los más importantes Holdings de abogados de la región. El portero (de corbata) lo saluda con solemnidad y hasta le llama el ascensor.
Llega a la redacción y alguien lo espera, alguien de mucho poder que esta vez está sumiso ante el contrapoder que tiene un diario de papel.
Escribe la nota apurado. De vuelta en la calle la casa de gobierno lo espera. Lo conocen, entra, pone el grabador cerca del que ocupa el histórico sillón. Cuando termina se acerca a la mesa trasera en la que un cóctel se reserva para ellos. Otro funcionario le otorga boletos de avión para un viaje al Calafate, todo pago, mientras devora los sanguchitos. Come todos los que puede, con fervor.
Vuelve a la redacción y un compañero le pude un pucho, y otro, otro. Enciende la computadora de última generación de su escritorio y tipea.
Llama a las fuentes, las locales, las del país, y también a las de afuera. Sus contactos son de los que influyen y en serio.
La gente que lo conoce lo felicita por la calle por la última nota escrita. Como nunca, desde que firma las notas cientos de mujeres lo adulan vía mail, y aquellas que conoce personalmente lo tildaron de “buen partido” aunque sin explicación lógica, él se les aleja.
Mira los diarios del mundo. Lee las notas de los periodistas estrella y sueña, con El Mundo, La Nación, New York Times.
Pasa el día entero. Tiene hambre. Termina su trabajo y camina hasta la parada. Pero no sube a la línea de colectivos que lo trajo. Toma otra. Llega hasta la zona de destino, camina dos cuadras, hace de tripas corazón y mira su pero reloj para constatar la fecha. Apenas día 15. Siempre, pero siempre, antes de poner un pie adentro, mete la mano en el bolsillo para ver cuanto dinero tiene. Y no tiene. Sólo cospeles de colectivo que se aseguró a principio de mes. Respira hondo y el saberse periodista en Tucumán, lo conmueve. Toma asiento en una mesa con el rostro inclinado. Una mujer se acerca con un plato de guiso. Él siente vergüenza, aún después de un año de asistir. La mujer lo mira, le sonríe, le frota el hombro y le dice “siempre será bienvenido en este comedor barrial”.

domingo, julio 12, 2009

Por las dudas


Se ven, se miran, se gustan. Mantienen una charla y se impactan. Pasan los días y el muchacho tarda más de media hora en redactar un mensaje de texto tratando de componer la frase exacta que proponga una cita.
Mal o bien hecha, la señorita acepta, porque la primera impresión ya contó.
Él, camisita, y hasta zapatos, buscando cierta formalidad. Ella, pollera. Si es invierno, jeans. Lo que sí, no importa la estación, siempre habrá de estar parada encima de tacones.
Bar o restaurant de común beneplácito y nunca de nivel medio y mucho menos bajo.
¿Qué se busca en la charla? Puntos en común. Que él diga que le gusta tal cosa, y que casual o causalmente uno de los dos responda “¿en serio? A mí también me encanta…”
Diez de estas casualidades terminarán en besos más tarde. Entre veinte y treinta terminarán en besos apasionados y en una siguiente cita no más allá de dos días. De treinta casualidades en adelante, habrán de definir un noviazgo esa misma noche (si sobrepasan las cien) o en no más allá de una semana.

Pero nadie mencionó lo que a uno no le gusta. Ninguno de los dos mencionó lo que se odia. Con el tiempo aparece, pero no en forma de mención, sino en forma (y con la drástica tonalidad) de reproche.
A mí decime de primera lo que no te gusta. Prevenime sobre lo que odiás. Prefiero evitar morderme los labios y los suspiros que en el silencio suenan como bombas.
Yo quiero mirar esas piernas en tacones y oler el perfume, a mirar a los ojos en cada sorbo de vino. A hablar relajado y a volumen susurrante.
Elijo decir incoherencias y despertar la risa a la histérica empresa de “caer bien”.
Renuncio a la información de “lo que le gusta”; prefiero abocarme a descubrirlo, mirándola, sintiéndola, por consecuencia.
Opto, con el cielo como testigo, por saber aquello que se odia, para entender a la perfección la tarea urgente y oportuna de la reconciliación desnuda.

martes, mayo 26, 2009

Catorce probabilidades y una certeza


Tal vez empañaron el vidrio. O acaso todo fue hecho en algún lugar improvisado a causa de la hormonal emergencia. Lo cierto es que entiendo que ninguno de los dos quería. Pero se dio, a pesar de un desfachatado “tené cuidado” y un cínico “no te preocupes”.
Probablemente, con la noticia, alguno de los dos (y yo creo que los dos) exclamaron “la puta madre” o “me cago en la leche”. Minutos después, quizá, agarrándose la cabeza uno de los dos pregunto a voz viva “¿qué vamos a hacer ahora?” y el otro pensó “¿Qué carajo voy a hacer ahora?”.
Tal vez sus padres pusieron su peor cara y es muy posible que se haya desatado una discusión. Acaso hubo pronunciamiento para él: “¡sos un pelotudo!”. También para ella: “¡sos una puta!”.
Cuando sus amigos se enteraron por confesión y por rumores, es asequible que hayan exclamado un pasmado “¿qué?” acompañado de un rostro con mezcla de sorpresa y terror.
A lo mejor las primeras noches fueron casi en vela, con un sentimiento de muerte y posible que, como eran otros tiempos, ella tenía vergüenza de salir y que la vieran tan niña y tan “irresposable” y él no conseguió trabajo tan fácilmente debido a su nueva condición.
Tal vez lloraron, por el “error” cometido, y hasta es probable que se hayan arrepentido.
Pero lo que es seguro, es que nadie dijo: “bienvenido al mundo”.

martes, mayo 05, 2009

De beats y de glups


No quiere ir. No tiene ganas. No quiere saber de ferias porque ya la kermés no tiene tiro seguro, ya no hay ruletas ni bocaditos Holanda. Ya no hay guirnaldas de lamparitas de 75 colgadas de un poste a otro.
Pero va, porque la fiesta parece estar implícita, porque la tertulia es un viaje de ida.
Enmudece, sólo mira. Presta atención y anhela. Ve al hombre de saco blanco y moño negro que se acerca: hay que decidir. Pero la lucha es mínima, la rendición es total.
El demoño se inclina y vierte en la copa el rojo sanguíneo del fruto de la vid que deja en el paladar el gusto roble.
La música avanza en decibeles. Beats, booms, glups, más glups.
Ahora habla. Todos ríen. Ellas más. Lo observan, lo estudian, se sorprenden de la súbita pragmática, oratoria y juzgan “qué labia”.
No quiso ir, pero ya mueve sus pies. Los globos ya no representan nada, pero el cotillón adorna su cabeza. Glup, más glup.
Volvieron los bocaditos, se mueven al compás del reggaeton pecaminoso y ahora quiere Holanda sopado en cabernet.
Si va al baño no se mira en el espejo. No es momento de mirarse el rostro demacrado.
Foto, foto. Click, flash, glup. Pierde el paso y enmudece otra vez. Caderas van, caderas vienen y da lo mismo. El boom aturde, el glup deprime. Ella, ella. Taxi.
El chofer mira por el espejo y trata de charlar. La lucha inminente entre el dedo pulgar y las teclas del celular. Ella, ella. Llamáme.
Agua, ducha. Se pasa el jabón no como si se lavara, más bien se acaricia. No se pasa el jabón por otras zonas del cuerpo, más bien traza círculos en su pecho con languidez.
El boom resuena en el oído aún en el silencio de su habitación. El glup hace estragos en el corazón. Posición fetal. Último suspiro. Domingo, síndrome.
"No debí haber ido".

martes, abril 21, 2009

Tips



Yo soy el arrinconador. Cuando me tiro encima tuyo, perdiste. No hay tiempo para nada. No hay tiempo de reflexiones, dudas ni cuestionamientos. El momento de la despedida es el momento de decir "adios" o "abrí la puerta que esta noche duermo con vos". No te doy tregua. Si veo un gesto que me sugiere que te gusto, arranco, y no hay forma que escapes. Yo ni te toco, pero vos no te querés soltar tampoco. No hace falta decir mucho. No es necesaria la charla sostenida y subliminal que con interrogatorios se desvanese pero se solidifica en el nunca y bien ponderado chamuyo.
Con el misterio todo bien y no hay mujer que no exija como requisito el hacerla reir.
Dejo que cualquier charla fluya. Dejo que hable. Sólamente digo "si", "no", "qué garrón", "buenísimo". Miro como un rugbier a su contrincante.
Mi silencio se hará misterio, y el misterio, curiosidad y la curisidad ansiedad, y la ansiedad calor.
La observo, con algunas vetas de gesto de camionero.
Cuando los dos ojos se miran sin decirse nada, el ataque inevitable avanza como estampida sobre la pared, plano vertical de fusilamiento en donde arrojo todos los cartuchos de los besos. Sorpresa: a pesar del avasallamiento el primer contacto entre labios apenas roza la boca.
La lengua acaricia: vos sola vas a pedir más fuego.
No paro un minuto. No hay puchos, no hay trago, y si lo tengo, lo tiro. Tampoco hay descanso. Por momentos acaricio y por otros te tiro de los pelos de la nuca. De vez en cuando hay calma y por momentos la respiración es agonizante.
Lo que venga después, lo decide la progesterona.


miércoles, abril 15, 2009

Infancia


Teníamos la esperanza de un bien que siempre triunfaba. Los dibujitos animados de los superhéroes así aseguraban. No había Skeletor, Moon-Ra o Guasón que resulte exitoso. Pero prevalecían. Nunca se terminaban de morir o por lo menos encerrados en cana, y si lo hacían, salía otro hijo de puta peor.
La vida giraba en torno a juguetes, a disfraces, a la camiseta de algún equipo. Un mundo hermoso de fantasía. De tener algún elemento y dejar que la imaginación fluya, como quien deja una manguera de presión abierta y desparrama su agua por doquier. Pero la cosa era tener el objeto, un materialismo subliminal que la ternura de la niñez tapa. Los que no tuvimos el juguete, mirábamos desde el cordón de enfrente cómo jugaban los otros, resignándonos a la pelota de trapo.
El amor no dolía ni lastimaba. Era simplemente el mirar y “presumir”. Decir “te quiero” estaba vedado a la oralidad y circunscrito únicamente a cartas en papel Rivadavia coloreada en crayones, lápices de colores, y, en el caso de los potentados, en fibras de tinta. Pero ya existía la indiferencia, el rechazo, las cartas rotas en el rostro por parte de la chica rubia de cintas con moño perfecto colgando del cabello. Esa, que izaba siempre la bandera, esa la que cuando no era escolta era abanderada.
El "fulbito" se jugaba en el asfalto y a los costados una tribuna mayor que la del Estadio Azteca vitoreaba el nombre de la futura estrella que de vez en cuando arremetía sobre el arco de palos de ladrillo, remeras o mochilas, un gol al ángulo imaginario. Pero ya existía la competencia. El que peorcito se desempeñaba iba al arco y no lo dejaban jugar nunca; el último elegido del "pan y queso".
Los valores eran distintos: todo se arreglaba a las piñas a la salida del colegio. Y una nariz sangrante era orgullo del agresor, el aplauso y el respeto del ganador ahora convertido en el púgil de los grados. Aquel que yacía sobre el suelo barroso, con el delantal manchado caía a la vez en el oprobio popular para luego ser castigado por volver tan sucio del colegio.
Quién tenía la mejor pelota, la bicicleta más cara, el baúl de los juguetes más lleno. Quién se compraba más golosinas en el recreo.
No, no eran tiempos tan distintos a los de ahora.

miércoles, abril 01, 2009

Insomnio


Las zapatillas no tenían una suela demasiado alta y todo charco de agua que pisé humedeció mis plantillas y mis medias. Igualmente caminé en la madrugada de una noche anaranjada y llorona.
Contaba con un paraguas, y aproveché el desierto de un martes de madrugada por las calles de un San Miguel de Tucumán mojado y de ventosidad fría.
Eran los primeros días de un otoño caluroso en sus días primeros, aunque esa noche pareció instalarse en la atmósfera. El único hombre que vi en más de diez cuadras, dormía dentro del taxi que conduce, acaso, resignado a una noche sin trabajo.
Me agaché para atarme los cordones de una de mis zapatillas y un perro se acercó festivo tal vez creyendo que bajé al suelo con el fin de regalarle algo para comer o una caricia a la que accedí darle.
No había mas ruido que el de gotas precipitándose en el suelo y el de chorros de aguas que por más angostos, en el conjunto de los muchos de una sola cuadra, imitaban el sonido de una pequeña cascada.
Miré las vidrieras y allí estaban inmóviles los maniquíes en su eterna tarea de vender la ropa que no eligieron a gente que ni siquiera los mira. Volví la vista a mis espaldas y ví al perro que acaricié siguiéndome y comportarse alrededor de mí como si ya me hubiese adoptado como nuevo amo. Detrás de él, otros nueve hacen lo propio. El seguimiento me hace sonreír y me doy cuenta que no estoy tan solo como creí.
Sí, a veces me siento un fantasma que vaga en una pampa, y últimamente me comporto como eso que creo y salgo a vagabundear por las calles, y como era vagabundo, diez perros me seguían. Salir a vagabuendear, es una forma de decir que salgo a pensar en “ella”, la “ella” que no está.
En ese momento fue que pensé que el indicativo “ella”, cuando una “ella” a partido, se convierte en adjetivo calificativo.
Cuando la mujer amada está junto a uno, se la llama por su nombre. Cuando se ha ido, se le dice “ella”.
Sin embargo, acaso motivado por el deseo de su retorno, me propuse no llamarla nunca más de esa manera. Porque mi vagabundear tiene fundamento, el de recordarla, el de sufrir, y el de cansarme para poder dormir sin dejar de pensarla, sin dejar de evocarla y sin dejar, claro, de hablarle. Sí, mientras avanzo por las calles, por momentos, voy hablándole. Casi siempre del amor que podríamos proyectar si su distancia no fuera tan decisiva, otras veces, me transporto a un deliberado futuro y “charlamos” de cuestiones que son el presente de ese porvenir.
Volví a casa y dejó de llover. Ya las gotas no se escuchan y la noche parece una nada. Así es que olvidé por ese instante lo mucho que le gustaba la lluvia y las cosas que le provocaba.
El acolchado de mi cama parecía invitarme a su refugio y, suspiro mediante, mis ojos se cerraron. No obstante, vencido el insomnio que se alimenta de su recuerdo y finalmente rendido en mi lecho, ninguna de estas noches, la dejo de soñar.

lunes, marzo 30, 2009

La promiscuidad como delito


Por Rodolfo Rabanal. Texto extraído de "El héroe sin nombre"
Contexto: Se encuentran en Trelew luego de que la amante del protagonista visitara a su hermano preso de los militares en la cárcel de máxima seguridad de Rawson. Año 1978, plena dictadura militar.
Luego de la visita al convicto, la pareja vuelve al hotel donde paran.

De regreso, pedimos que nos subieran la comida al cuarto. Fue una noche sin sueño, de “desvanecimientos” y fatigas, de palabras inventadas, de discursos intraducibles, impúdicos, estremecedoramente delicados y deliberadamente violentos. Ana María Rige ya no era la profesional detrás de sus pacientes en el mundo habitual del trabajo, de la simpatía estratégica y de la circunspección atenta del médico que escucha los rumores orgánicos de un enfermo, sino más bien una niña imaginativa y, al mismo tiempo, desmantelada, anhelante de afecto y protección, y una puta dispuesta a todos los atrevimientos concebibles. No se parecía a nadie que hubiera existido antes de aquella noche. Ni siquiera a ella misma.
Ahora, en cualquier momento de esta larga noche, podían echar la puerta abajo y arrastrarnos a punta de fusil hacia la oscuridad fría y ajena de Chubut. ¿No vivíamos en el país del peligro? ¿No estábamos acaso muy cerca de una ciudadela de dolor? Bastaría que alguien “del otro lado” decidiera asignarnos la comisión de un delito intolerable, por ejemplo el delito del goce, y entonces seríamos culpables y sobre nosotros caería la más grave de las sanciones imaginables. Además ¿qué importancia podría tener la asignación de una culpa específica? Eso apenas si importa, todos cargamos con alguna culpa no expiada y no bien los verdugos indagan un poco, esa culpa aparece como un brote enfermo. Y es la figuración aterradora de ese final de pesadilla que nos sirve, esta noche, de inesperado estímulo en la mecánica obsesiva de nuestro entrevero: agotemos ahora todas las posibilidades existentes porque quizá no haya un después.