martes, mayo 26, 2009

Catorce probabilidades y una certeza


Tal vez empañaron el vidrio. O acaso todo fue hecho en algún lugar improvisado a causa de la hormonal emergencia. Lo cierto es que entiendo que ninguno de los dos quería. Pero se dio, a pesar de un desfachatado “tené cuidado” y un cínico “no te preocupes”.
Probablemente, con la noticia, alguno de los dos (y yo creo que los dos) exclamaron “la puta madre” o “me cago en la leche”. Minutos después, quizá, agarrándose la cabeza uno de los dos pregunto a voz viva “¿qué vamos a hacer ahora?” y el otro pensó “¿Qué carajo voy a hacer ahora?”.
Tal vez sus padres pusieron su peor cara y es muy posible que se haya desatado una discusión. Acaso hubo pronunciamiento para él: “¡sos un pelotudo!”. También para ella: “¡sos una puta!”.
Cuando sus amigos se enteraron por confesión y por rumores, es asequible que hayan exclamado un pasmado “¿qué?” acompañado de un rostro con mezcla de sorpresa y terror.
A lo mejor las primeras noches fueron casi en vela, con un sentimiento de muerte y posible que, como eran otros tiempos, ella tenía vergüenza de salir y que la vieran tan niña y tan “irresposable” y él no conseguió trabajo tan fácilmente debido a su nueva condición.
Tal vez lloraron, por el “error” cometido, y hasta es probable que se hayan arrepentido.
Pero lo que es seguro, es que nadie dijo: “bienvenido al mundo”.

martes, mayo 05, 2009

De beats y de glups


No quiere ir. No tiene ganas. No quiere saber de ferias porque ya la kermés no tiene tiro seguro, ya no hay ruletas ni bocaditos Holanda. Ya no hay guirnaldas de lamparitas de 75 colgadas de un poste a otro.
Pero va, porque la fiesta parece estar implícita, porque la tertulia es un viaje de ida.
Enmudece, sólo mira. Presta atención y anhela. Ve al hombre de saco blanco y moño negro que se acerca: hay que decidir. Pero la lucha es mínima, la rendición es total.
El demoño se inclina y vierte en la copa el rojo sanguíneo del fruto de la vid que deja en el paladar el gusto roble.
La música avanza en decibeles. Beats, booms, glups, más glups.
Ahora habla. Todos ríen. Ellas más. Lo observan, lo estudian, se sorprenden de la súbita pragmática, oratoria y juzgan “qué labia”.
No quiso ir, pero ya mueve sus pies. Los globos ya no representan nada, pero el cotillón adorna su cabeza. Glup, más glup.
Volvieron los bocaditos, se mueven al compás del reggaeton pecaminoso y ahora quiere Holanda sopado en cabernet.
Si va al baño no se mira en el espejo. No es momento de mirarse el rostro demacrado.
Foto, foto. Click, flash, glup. Pierde el paso y enmudece otra vez. Caderas van, caderas vienen y da lo mismo. El boom aturde, el glup deprime. Ella, ella. Taxi.
El chofer mira por el espejo y trata de charlar. La lucha inminente entre el dedo pulgar y las teclas del celular. Ella, ella. Llamáme.
Agua, ducha. Se pasa el jabón no como si se lavara, más bien se acaricia. No se pasa el jabón por otras zonas del cuerpo, más bien traza círculos en su pecho con languidez.
El boom resuena en el oído aún en el silencio de su habitación. El glup hace estragos en el corazón. Posición fetal. Último suspiro. Domingo, síndrome.
"No debí haber ido".

martes, abril 21, 2009

Tips



Yo soy el arrinconador. Cuando me tiro encima tuyo, perdiste. No hay tiempo para nada. No hay tiempo de reflexiones, dudas ni cuestionamientos. El momento de la despedida es el momento de decir "adios" o "abrí la puerta que esta noche duermo con vos". No te doy tregua. Si veo un gesto que me sugiere que te gusto, arranco, y no hay forma que escapes. Yo ni te toco, pero vos no te querés soltar tampoco. No hace falta decir mucho. No es necesaria la charla sostenida y subliminal que con interrogatorios se desvanese pero se solidifica en el nunca y bien ponderado chamuyo.
Con el misterio todo bien y no hay mujer que no exija como requisito el hacerla reir.
Dejo que cualquier charla fluya. Dejo que hable. Sólamente digo "si", "no", "qué garrón", "buenísimo". Miro como un rugbier a su contrincante.
Mi silencio se hará misterio, y el misterio, curiosidad y la curisidad ansiedad, y la ansiedad calor.
La observo, con algunas vetas de gesto de camionero.
Cuando los dos ojos se miran sin decirse nada, el ataque inevitable avanza como estampida sobre la pared, plano vertical de fusilamiento en donde arrojo todos los cartuchos de los besos. Sorpresa: a pesar del avasallamiento el primer contacto entre labios apenas roza la boca.
La lengua acaricia: vos sola vas a pedir más fuego.
No paro un minuto. No hay puchos, no hay trago, y si lo tengo, lo tiro. Tampoco hay descanso. Por momentos acaricio y por otros te tiro de los pelos de la nuca. De vez en cuando hay calma y por momentos la respiración es agonizante.
Lo que venga después, lo decide la progesterona.


miércoles, abril 15, 2009

Infancia


Teníamos la esperanza de un bien que siempre triunfaba. Los dibujitos animados de los superhéroes así aseguraban. No había Skeletor, Moon-Ra o Guasón que resulte exitoso. Pero prevalecían. Nunca se terminaban de morir o por lo menos encerrados en cana, y si lo hacían, salía otro hijo de puta peor.
La vida giraba en torno a juguetes, a disfraces, a la camiseta de algún equipo. Un mundo hermoso de fantasía. De tener algún elemento y dejar que la imaginación fluya, como quien deja una manguera de presión abierta y desparrama su agua por doquier. Pero la cosa era tener el objeto, un materialismo subliminal que la ternura de la niñez tapa. Los que no tuvimos el juguete, mirábamos desde el cordón de enfrente cómo jugaban los otros, resignándonos a la pelota de trapo.
El amor no dolía ni lastimaba. Era simplemente el mirar y “presumir”. Decir “te quiero” estaba vedado a la oralidad y circunscrito únicamente a cartas en papel Rivadavia coloreada en crayones, lápices de colores, y, en el caso de los potentados, en fibras de tinta. Pero ya existía la indiferencia, el rechazo, las cartas rotas en el rostro por parte de la chica rubia de cintas con moño perfecto colgando del cabello. Esa, que izaba siempre la bandera, esa la que cuando no era escolta era abanderada.
El "fulbito" se jugaba en el asfalto y a los costados una tribuna mayor que la del Estadio Azteca vitoreaba el nombre de la futura estrella que de vez en cuando arremetía sobre el arco de palos de ladrillo, remeras o mochilas, un gol al ángulo imaginario. Pero ya existía la competencia. El que peorcito se desempeñaba iba al arco y no lo dejaban jugar nunca; el último elegido del "pan y queso".
Los valores eran distintos: todo se arreglaba a las piñas a la salida del colegio. Y una nariz sangrante era orgullo del agresor, el aplauso y el respeto del ganador ahora convertido en el púgil de los grados. Aquel que yacía sobre el suelo barroso, con el delantal manchado caía a la vez en el oprobio popular para luego ser castigado por volver tan sucio del colegio.
Quién tenía la mejor pelota, la bicicleta más cara, el baúl de los juguetes más lleno. Quién se compraba más golosinas en el recreo.
No, no eran tiempos tan distintos a los de ahora.

miércoles, abril 01, 2009

Insomnio


Las zapatillas no tenían una suela demasiado alta y todo charco de agua que pisé humedeció mis plantillas y mis medias. Igualmente caminé en la madrugada de una noche anaranjada y llorona.
Contaba con un paraguas, y aproveché el desierto de un martes de madrugada por las calles de un San Miguel de Tucumán mojado y de ventosidad fría.
Eran los primeros días de un otoño caluroso en sus días primeros, aunque esa noche pareció instalarse en la atmósfera. El único hombre que vi en más de diez cuadras, dormía dentro del taxi que conduce, acaso, resignado a una noche sin trabajo.
Me agaché para atarme los cordones de una de mis zapatillas y un perro se acercó festivo tal vez creyendo que bajé al suelo con el fin de regalarle algo para comer o una caricia a la que accedí darle.
No había mas ruido que el de gotas precipitándose en el suelo y el de chorros de aguas que por más angostos, en el conjunto de los muchos de una sola cuadra, imitaban el sonido de una pequeña cascada.
Miré las vidrieras y allí estaban inmóviles los maniquíes en su eterna tarea de vender la ropa que no eligieron a gente que ni siquiera los mira. Volví la vista a mis espaldas y ví al perro que acaricié siguiéndome y comportarse alrededor de mí como si ya me hubiese adoptado como nuevo amo. Detrás de él, otros nueve hacen lo propio. El seguimiento me hace sonreír y me doy cuenta que no estoy tan solo como creí.
Sí, a veces me siento un fantasma que vaga en una pampa, y últimamente me comporto como eso que creo y salgo a vagabundear por las calles, y como era vagabundo, diez perros me seguían. Salir a vagabuendear, es una forma de decir que salgo a pensar en “ella”, la “ella” que no está.
En ese momento fue que pensé que el indicativo “ella”, cuando una “ella” a partido, se convierte en adjetivo calificativo.
Cuando la mujer amada está junto a uno, se la llama por su nombre. Cuando se ha ido, se le dice “ella”.
Sin embargo, acaso motivado por el deseo de su retorno, me propuse no llamarla nunca más de esa manera. Porque mi vagabundear tiene fundamento, el de recordarla, el de sufrir, y el de cansarme para poder dormir sin dejar de pensarla, sin dejar de evocarla y sin dejar, claro, de hablarle. Sí, mientras avanzo por las calles, por momentos, voy hablándole. Casi siempre del amor que podríamos proyectar si su distancia no fuera tan decisiva, otras veces, me transporto a un deliberado futuro y “charlamos” de cuestiones que son el presente de ese porvenir.
Volví a casa y dejó de llover. Ya las gotas no se escuchan y la noche parece una nada. Así es que olvidé por ese instante lo mucho que le gustaba la lluvia y las cosas que le provocaba.
El acolchado de mi cama parecía invitarme a su refugio y, suspiro mediante, mis ojos se cerraron. No obstante, vencido el insomnio que se alimenta de su recuerdo y finalmente rendido en mi lecho, ninguna de estas noches, la dejo de soñar.

lunes, marzo 30, 2009

La promiscuidad como delito


Por Rodolfo Rabanal. Texto extraído de "El héroe sin nombre"
Contexto: Se encuentran en Trelew luego de que la amante del protagonista visitara a su hermano preso de los militares en la cárcel de máxima seguridad de Rawson. Año 1978, plena dictadura militar.
Luego de la visita al convicto, la pareja vuelve al hotel donde paran.

De regreso, pedimos que nos subieran la comida al cuarto. Fue una noche sin sueño, de “desvanecimientos” y fatigas, de palabras inventadas, de discursos intraducibles, impúdicos, estremecedoramente delicados y deliberadamente violentos. Ana María Rige ya no era la profesional detrás de sus pacientes en el mundo habitual del trabajo, de la simpatía estratégica y de la circunspección atenta del médico que escucha los rumores orgánicos de un enfermo, sino más bien una niña imaginativa y, al mismo tiempo, desmantelada, anhelante de afecto y protección, y una puta dispuesta a todos los atrevimientos concebibles. No se parecía a nadie que hubiera existido antes de aquella noche. Ni siquiera a ella misma.
Ahora, en cualquier momento de esta larga noche, podían echar la puerta abajo y arrastrarnos a punta de fusil hacia la oscuridad fría y ajena de Chubut. ¿No vivíamos en el país del peligro? ¿No estábamos acaso muy cerca de una ciudadela de dolor? Bastaría que alguien “del otro lado” decidiera asignarnos la comisión de un delito intolerable, por ejemplo el delito del goce, y entonces seríamos culpables y sobre nosotros caería la más grave de las sanciones imaginables. Además ¿qué importancia podría tener la asignación de una culpa específica? Eso apenas si importa, todos cargamos con alguna culpa no expiada y no bien los verdugos indagan un poco, esa culpa aparece como un brote enfermo. Y es la figuración aterradora de ese final de pesadilla que nos sirve, esta noche, de inesperado estímulo en la mecánica obsesiva de nuestro entrevero: agotemos ahora todas las posibilidades existentes porque quizá no haya un después.

lunes, marzo 23, 2009

Postulado


(Por Rodolfo Rabanal, texto extraído de "El héroe sin nombre)
El amor es, desde siempre, una suerte de garra llena de discursos inadecuados donde uno de los puntos más altos se sitúa en el capítulo dedicado al compromiso. Palabra esta última con aliento a severidad, palabra que limita y aprueba como si fuera un contrato comercial leonino. Quizás el problema resida, como fatalidad semántica, en el uso abusivo de una palabra que ha sido llevada, por ese mismo exceso, hasta los extremos de su significado, y entonces ya sea difícil encontrarle un sentido. Es posible que decir te amo, o la amo, o lo amo tenga hoy el valor ritual de “lo siento”, “buenos días” o “buena suerte”, meros engrudos de cortesía y buena voluntad. Probablemente, si uno no habla de amor, si uno elude la presión evocativa que el término contiene, quizá esté armado de verdad y sin “saberlo”, sin “proponérselo”. Paradójicamente, sería preciso entonces no nombrar al amor para que el amor exista. No lo nombremos.

viernes, marzo 20, 2009

Carácter


Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso!
¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.

viernes, marzo 06, 2009

Llegando está el carnaval


El desentierro

Llegando está el carnaval quebradeño, mi cholita”. No, no es sólo un verso más. Tampoco una de las canciones del imaginario popular argentino. Se trata de un anuncio, una advertencia y acaso una amenaza.
Sí, es el viernes 20 de febrero y la terminal del Municipio de Humahuaca, tierra heroica de nuestro Ejército del Norte, huele a valijas. Llegaron desde todo el país a “carnavalear”.
Frente a la plaza principal, el colosal Monumento alberga a miles (tal vez dos millares) en “La noche de los instrumentistas”, la fiesta (concierto al aire libre) que precede al “Desentierro del carnaval” llamado también, “Desentierro del diablo”.
En el escenario tocan músicos y los carnavalitos, las sayas, y otros ritmos telúricos y frente a él, los miles bailan. Los hay quebradeños, de las provincias todas, y de diferentes países del mundo (es muy difícil encontrar alguien sin sonreír).
La fiesta se termina no más allá de las 2 de la madrugada: es que mañana hay que “desenterrar”.
Los desentierros están a cargo de las diferentes comparsas. Cada uno hace su propio ritual y pueden ir cuantos quieran. Los integrantes y organizadores se encargan de convocar.
Durante la mañana ya del sábado, las primeras caras pasean por la calle colgando de las orejas un pequeño ramito de albaca que indica soltería.
A las 15 del sábado, comienzan a llegar los primeros al “mojón”, un agrupamiento conoidal de piedras que indica el lugar del desentierro que en este caso se estableció en medio del monte, a la orilla del río. El mojón tiene carácter de altar de ofrenda. El pozo es la Pachamama en sí.
Desde muy temprano, el pozo en su adentro contiene incienso que “sahuma” (purifica).
Unos metros más allá, es el punto de reunión y lo marca el olor a asado ya apostado en varias parrillas que sostienen carne para unas 150 personas.
Allí, preparan un tacho plástico de unos 80 litros de saratoga (vino blanco, limón y la maceración de diferentes frutas y canela).
Algunos pocos que llegan, bajo un árbol comienzan a guitarrear.
Para llegar a ese lugar en medio de la selva, las comadres de la comparsa, marcaron el camino con serpentinas.
Los más bienvenidos son los que traen instrumentos, y de a poco se comienzan a orquestar tocando canciones al unísono. Guitarras, bombos, quenas, samponias y sikus son los que hacen el sonido.
Cada vez llega más gente y una de las integrantes de la comparsa advierte que ya es momento de bailar. La indicación, marca el punto en que las mujeres toman una bolsa de harina o talco, o los dos productos mezclados, se acercan a los hombres y pintan su rostro. Debe pedirse permiso al varón. Éste cierra sus ojos, y la moza debe pintarle la cara acariciándolo con las dos manos y le cuelgan serpentinas.
Mariano Chapur, es organizador del rito. Tiene unos 35 años, los rasgos característicos del lugar y el porte de un líder, en este caso espiritual. “Este es el momento previo al tiempo de reflexión que marca la Cuaresma”, dice y toma saratoga. “Acá hacemos la fiesta para agradecerle a la Pachamama la cosecha, la salud, y todo lo que nos regala y le pedimos por el año que viene”, explica y uno de los carnavaleros lo amenaza dándole una botella descartable cortada al medio con más de un litro de vino. “Secá”, le ordena. La exigencia quiere decir que debe hacer un “fondo blanco” y al finalizar debe dar vuelta el vaso sin que caiga una sola gota. Si esta cae, debe beber otro vaso y otro y otro, hasta que no salga una sola gota.
Ya son más de cien; ya son más de la siete de la tarde. El “desentierro” no debe hacerse hasta que no se ha bebido y comido todo. Ya lo hicieron, por lo tanto, todo el mundo al mojón.
Hay un pozo tapado por un poncho al que nos advierten que no debemos fotografiar por respeto. Dentro del pozo, se “sahuma” el mojón con incienso y se pide a “la Pacha” por todo lo que nos dio y por las herejías cometidas hacia ella. Mariano pone énfasis en la contaminación, y el mal trato que los hombres le dan.
El poncho se quita y el pozo queda a cielo abierto. “¡Sigan tocando carajo! ¡Sigan tomando!” grita. Las mujeres arrojan las serpentinas con cuidadoso detalle, otros clavan cigarrillos encendidos en un montón de arena. Esos cigarrillos deben prenderse sin aspirar el humo, pues todo el humo es para Pacha.
Una ronda gigante se forma alrededor del pozo, todos abrazados, sin importar si se han conocido. Las chicas miran a los chicos. Los chicos hacen lo propio, el amor está cerca. La música no para.
Las copleras, en este caso, hermosas jóvenes humahuaqueñas, comienzan a cantar. “Hoy comienza el carnaval, no me hablen de casamiento”, improvisan y una especie de sapucay (grito extremo de júbilo) corta el aire.
“Venga rompe corazón, solterito para amar; la albaca el bombo y la chica serán gualicho pal carnaval”, contestan los hombres.
Muchos lloran. Mariano pide silencio. “Vamos a dar comienzo al desentierro. Los que vienen por primera vez no hablen. Vamos a dar de tomar a la Pacha”, anuncia y vacía botellas de diferentes bebidas con alcohol. Ruega que el carnaval sea “lindo” y que “nos vaya bien todo el año. En el trabajo, en la salud, en el estudio pero sobre todo le pedimos alegría”. Todos deben sacarse el sombrero. Mariano pide los instrumentos y “chaya” los instrumentos, que es el ofrecimiento de cada uno para la Pacha, al servicio de ella y el carnaval.
Se ofrenda en el pozo todo tipo de bebidas alcohólicas no sin antes bañarlo de agua bendita. “La agüita para la Pacha. Que nos ayuda a vivir y a crecer”, exhorta Mariano. Luego se le regala hojas de coca. Más tarde alcohol puro, “alcoholcito que nos sana nos desinfecta. Ahora vinito, que nos macha, nos alegra, nos enfiesta en todo el carnaval, que está con nosotros cuando estamos mal y cuando estamos bien”.
Los que observan por primera vez, lloran, hasta este cronista. Se pide por el mundo, por los que no están.
Se deja caer una damajuana, y su rotura en el piso es el anuncio oficial, la “voz de ahura” que da el pie a que los músicos comiencen a tocar.
Los músicos toman sus instrumentos chayados, y gritos de júbilo erizan la piel.
Todos danzan alrededor del mojón, más o menos por media hora hasta que el sol se pone. La comparsa se forma en la calle para bajar al pueblo. La formación consiste en los músicos delante, las copleras detrás, luego las mujeres en general y detrás los hombres.
La fiesta llega a conmover. Los gritos de alegría, las coplas y la fiesta es una pandemia.
La caravana va hasta el pueblo, y en una plaza continúa festejando, nueve días, nueve noches.
Sí, este cronista desea terminar esta crónica, porque si en Brasil todo es alegría, aquí todo es felicidad, humildad, rusticidad. En el marco de un territorio patrimonial de los hombres, en una de las ciudades más pintorescas y conocidas del mundo. Además, entre nosotros, la nota debe concluirse ahora mismo. El lector sabrá entender: el vino, la chicha, es carnaval en Humahuaca...


El entierro (nueve días después)
Cae la damajuana al suelo, se rompe con estrépito y los gritos de júbilo estremecen hasta el hombre de acero.
La caravana de sábado de carnaval avanza por las calles humahuaqueñas a canto unísono: la comparsa Rompecorazones a copado la ciudad.
Son jóvenes. Los miembros oficiales son humahuaqueños; los músicos cuantos quieran, de donde se quiera. Bombos, sikus, guitarras y quenas dan música a las coplas que hablan de amor, de un “este carnaval me voy con otra mujer” de los hombres y la contestación de las mujeres que sentencia, “por lo que queda de madrugada no quiero ser tu mujer”.
Así, la comparsa llega al punto de encuentro, y el festejo continúa. Mariano Chapur pide silencio e informa que esa noche hay dos “invitaciones” que consisten en la recepción de todas las almas que participan del la feliz procesión.
Se trata de casas de familia que esperan a la comparsa con comida y bebida. Las puertas del hogar se decoran con serpentinas, y la familia entera los espera en la vereda. Una vez llegada al lugar, todos cantan y las familias “chayan” a hombres y mujeres. Se trata de entalcar o enharinar su rostro, cabeza y regalarles un collar de serpentinas.
La comparsa ingresa a la casa y en ella espera varias ollas populares llenas de vino y otras bebidas. Los recipientes están también decorados con serpentinas, aunque en una de las casas a una de las ollas las decoraron con rosas.
Los anfitriones dan la bienvenida en un acto casi protocolar y finalmente se chayan ollas, y también a todos los presentes, en este caso con vino o agitando una botella de cerveza como lo hace un piloto ganador de carreras de autos.
No, los solteros no han dejado caer su ramito de albaca colgado en su oreja derecha indicando su soltería.
“No he visto cosa más impresionante en el mundo entero. Se bebe como en ningún lado”, dice Sandra Tamir, una española de 35 años. “Y además no puedes no enamorarte”, dice Jean, un francés que desde hace 3 años no deja de venir al carnaval. “El baile de la chacarera y la zamba son tímidamente sensuales. Decir ‘te quiero’ con un pañuelo, es lo más sensual que he visto”, agrega.
La comparsa Rompecorazones tiene 12 años de fundación, y se caracteriza por la integración de hombres y mujeres de todo el país y de todas las latitudes terrestres. Otras, como la de la “Juventud Alegre”, y “Los Picaflores”, tienen más de ocho décadas y su comparsa se musicaliza básicamente por una banda de vientos y cada marcha por la ciudad se extiende por unas tres cuadras de gente.
Aunque Rompecorazones no los tiene, las comparsas tradicionales están integradas por “diablos”. Estos son habitantes de Humahuaca que usan un disfraz enmascarado durante los nueve días y las nueve noches y nadie, pero absolutamente nadie puede saber su identidad, salvo, claro está, los que habitan en su hogar, sin embargo, hay algunos que no develaron su rostro de carne ni siquiera a los suyos. Éstos, cuando se comunican, lo hacen con un grito desgarrado con el fin de, en primer lugar, representar a Lucifer, y también no hacer oír su voz para no ser reconocidos.
Una de las mañanas del carnaval, las obligaciones llevaron a este cronista al correo de Humahuaca justo en el día en el que se pagaba a los beneficiaros del “Plan Jefas y Jefes de Hogar” y un diablo “machao” estaba en la cola esperando su beneficio. Éste nunca se quitó su careta, pero además no quería mostrar su DNI al cajero. La discusión continuó por unos minutos y el disfrazado nunca dejó de hablar como su condición de representante lo obligaba.
Beben todo el carnaval. Duermen por unas horas en cual lugar les ofrezca horizontalidad, se despiertan y vuelven a beber y a cantar. El último día del carnaval, éstos recorren las calles “llorando” la partida del carnaval. “Ay, porque te vas carnaval”, gritan de tal manera que se los escucha por toda la ciudad.
Cada uno de los días de jolgorio, Rompecorazones tiene no menos de dos “invitaciones”. Se reúnen en una plaza. Los rostros de todos dejan ver una resaca bestial, y sin embargo ya comienzan a tomar cerveza, en ayunas, puesto que la invitación que se viene, ofrece locro.
Los músicos tocan desde el mediodía hasta la madrugada sin parar y todos bailan ritmos folklóricos alegres. Ya hay besos. Algunas parejas fijas desde hace unos días, y otras, más liberales, tuvieron amores con diferentes festejantes, durante los nueve días.
Según la médica humahuaqueña Susana Vega, el promedio de vida de los quebradeños oscila en los 40 años. La cirrosis, la hepatitis, las úlceras estomacales e intestinales son la principal causa de muerte.
Cuanto más se acerca el final del carnaval, las invitaciones aumentan en poder alcohólicos.
En la última casa, se ofrece asado. Una olla de unos 80 litros contiene saratoga, y uno de los dueños de casa ofrece cuba libre en un vaso pequeño que se debe secar. Luego se ofrece chicha, el no beberla es desprecio, y finalmente hay vino.
Una vez que se termina con toda la comida y bebida, se avanza hasta otra invitación en la que además hay un paredón de “fusilamiento”. Éste tiene que ver con la ingestión de bebidas blancas a “fondo blanco”. Son 19 vasos, son 19 licores.
La noche se acerca y el carnaval debe enterrarse. Pero pasó algo que crispa a todos. A uno de los que conforman la procesión le han robado en medio del baile una campera y su cámara fotográfica.
Se ha ido, con bronca. No asistirá a la ceremonia del entierro. La comparsa sí lo hace, en la avanzada callejera más enérgica de todos los días.
El mojón se rodea junto al pozo que representa a Pachamama. Se le agradece por el carnaval, y el presidente da la palabra a quien quiera agradecer, pedir y prometer. Muchos rememoran a los suyos, presentes en este mundo y no, y ya muchos dieron paso al torrente imparable de las lágrimas. No, no hay fotos del rito porque está prohibido.
Alguien se acerca a uno de los congregados y le pregunta “¿esta campera y esta cámara no es de tu amigo?”. “¡Si!”, responde, y grita a todo pulmón un “gracias pachita”. La situación, aumenta el nivel de las lágrimas.
Un poco de alcohol, coca y tabaco, se vierten en el pozo, y también las serpentinas colgadas en los cuellos presentes. “Hasta el año que viene. Gracias a todos”, se despide Chapur.
En silencio y respeto, los presentes dejan el lugar.
La vivencia es profundamente espiritual. Los que se regalaron amor se despiden, y los que etilizaron el hígado, ya emprenden su marcha al hogar, el carnaval se ha terminado y el perfume de albaca ya se disuelve.
Humahuaca a los dos días siguientes tiene feriado; para recuperación. La ciudad el lunes primero de marzo, es quietud, y sonido de pájaros, y recibe al sol ya sola, desierta, fantasma, dejándose sumergir en un infinito mar de sueños, de sueños de carnaval.

jueves, febrero 19, 2009

Gaby



Gaby nació y de golpe no más, salió y se sintió sola. Así que Dios (a veces es Dios el que nos encarga y no los padres), me llamó a mí para que al año y pocos meses le haga compañía.
Como había buena onda, me prestaba el andador y yo la dejaba entrar en mi corralito.
Yo era el varón, así que era el más mimado, pero a Gaby la preferencia no le molestaba, más bien me miraba como lo hacían los otros y encontraba eso que atraía a los otros y lo aplicaba en mí.
Tanto lo aplicó, que cuando sonaba el timbre del maternal, no sabía salir afuera si no era de su mano.
Como me llamo Juan Pablo Ezequiel, el primer grado fue un martirio, y la “J” no me salía si su mano no me ayudaba con ese asunto del rulito de la letra en su versión “carta”.
Diego me tenía de hijo. Me ponía serias piñas y me partía los labios, pero wonder woman salió un mediodía al rescate y cómo lo habrá surtido que después dijo que y era su mejor amigo.
Me dejaba jugar al novio con sus amigas y no decía nada si se enteraba que les metí la lengua (María Lilia, teléfono para vos).
No contaba nada si yo rompía algo, y cuando papá, mamá, padrastro, madrastra, nos aleccionaban, la amazona le salía y “a Pablito no lo toca nadie”.
De tanto defenderme, la ajusticiaron y se desterró a los 13 a los abuelos que siempre apañan.
Como yo tenía 12, periódicamente pasaba por casa para saber cómo yo estaba. Como ella tenía 13, ya había dado varios besos y había conocido el sabor de la matinee por lo que una noche me llevó caminando y me sacó arrastrando por los efectos de media lata de cerveza.
Tanta adolescencia me desterró a mí también y no hace falta describir a dónde fui.
A veces no había ni pan. Pero ella salía y volvía con facturas. Me hacía comerlas todas, con una leche chocolatada muy dulce para recuperar calorías que se perdieron después de varios días sin tener con qué comer.
Gaby a los 20 comenzó a ganar plata y tampoco hace falta decir a dónde dejaba su sueldo.
Tiene la culpa de que mis cajones no cierren de tanta ropa, y también del perfume de cada una de las prendas que desde hace muchos años dejé de lavar.
Si no vuelvo a horario, llama. Si vuelvo, pide comida. Si vuelve del super, no falta el yogur. Si pasó por el Shopping de seguro sacrifica su pantalón por uno para mí y no hay feria que se resista a la compra de medias y calzoncillos. (No quiero decir ropa interior, sino no suena como debería).
No la abrazo ni la beso mucho. De hecho no la abrazo ni la beso nunca. Ella tampoco lo hace conmigo.
Llegó hace diez minutos y al abrir la puerta, preguntó por mamá. “No está”, le dije. ----- -Mmm, debe estar medio atontada, comentó.
-¿Por?
-Y… por la noticia que le dí…
-¿Qué pasó?
Gaby me miró fijo a los ojos. Los suyos tenían levantadas las cejas apenas un poco levantadas y el gesto de su semblante guerrero por primera vez se hacía tierno, o acaso, tenía más ternura que nunca. Como demoraba, volví a mis tareas e el monitor y cuando ya no la veía, cual novela mexicana, a mis espaldas seguía mirándome. La escena tardó unos dos segundos, pero ahora que lo pienso, pareciera que se trató de una docena de horas.
-Vas a ser tío…
Las cuatro horas se hicieron 30 años, los míos. Y tres décadas pasaron frente a mí en otros dos segundos. Me froté los ojos, lo recuerdo. Me puse de pié, y apenas a dos pasos y ya tenía ganas de caerme sobre ella y apretarla con la fuerza de un titán. Estaba tan seria que pensó que me iba a enojar, pero cuando sintió mi abrazo y vio mi gesto de emoción, se dobló toda, se sentó en la silla, y me dijo “gracias, sos el primero que me abraza”.
-Si te abrazo, pero mejor un poquito y despacito, no más, que hay que tener cuidado con mi sobrino.
-Vas a ser padrino también...

Foto de arriba: Gaby, el abuelo Enrique -a medias- y yo. Cumpleaños número cinco. 1984.
Foto de abajo: Gaby y yo, en la misma situación, hoy 2009, 25 años después.
No, nada ha cambiado desde entonces.

viernes, febrero 13, 2009

Paredes de cristal


No miraba la pared de su cuarto. Más bien sus ojos se posicionaban hacia allí. Y aunque los tenía abiertos no veía lo material que lo rodeaba sino las imágenes que lo envolvían. Le llamó paradójicamente la atención el hecho poderoso de la mente que consiste en mostrar miles de instantáneas y cortos mientras uno tiene los ojos abiertos. “Quizá lo del alma sea verdad, entonces”.
Eran sonrisas, fideos con manteca y huevos fritos. Una bufanda tejida, un reciente sweater de bremmer y mayonesas de verdeo.
Vio cómo abría la puerta de la habitación y lo despertaba haciendo caso omiso a la halitosis matinal, la boca abierta a mil y la mancha de baba en el almohadón.
Recordó la mano que exigía la otra en su pecho toda la noche.
Subliminales que la proyectaban practicando (inconcientemente) ser madre con los hijos de otros ganándose paso a paso el altar, el vals, y un viaje a donde quiera.
Recordó cosquillas, noches de baile, cervezas compartidas como vikingos y la mano pequeña, delicada y urgente sobre algún cuerpo en algún hospital, paciente reconfortado. La vió salir del sanatorio orgulloso de saber que quien lo abrazaría a los segundos había salvado vidas y nada más debilitante que una veinteañera con el estetoscopio colgado del cuello.
Fueron esas imágenes las que presentaron al insoslayable abandono, que siempre se da una vuelta a ver cómo estamos. Entendió que el abandono no sólo tiene que ver con la partida de alguien sino con la llegada de otros miles; millares de voces que hablan todo el tiempo, que se mueven, que nos escuchan y que interactúan con uno con total normalidad.
Una sola se fue. Pero volvió como prometió volver la abanderada de los humildes.
Supo que durante largo tiempo, ya no volvería a ver la pared de su habitación, ni el pasar de las casas detrás de la ventanilla de un colectivo, ni los chicles sobre las baldosas y menos que menos a la luna que cada noche pasa por su ventana.

De Pedro Aznar, interpretado por él mismo, "Décimas".

jueves, enero 15, 2009

Carta


Es madrugada en Buenos Aires, es 15 de enero del 2009

Lee JP lee:
Tenía que empezar con Seselovsky. Si fuéramos putos, seríamos novios y nos acostaríamos los tres. Gracias a Bob Dylan, nos encantan las minas. (Al menos a nosotros dos). Pero repasemos nuestro amorío. La primera ficha cae en el anfiteatro de Letras, la segunda en un teatro, la tercera, la cuarta, y así en más bajo lunas, humos y dónde es el after. La Gaceta generó pocas cosas válidas para mi anuario: la mejor fue ese I can´t get no… El saludo fue de caballeros y me agarraste la palanca: metiste quinta: sí, papucho, quiero. ¿Qué querías? ¿Qué quería? Yo quería identificarme con un flaco de Adidas negras, campera bis, y amigos famosos. Quería mi cronista RS, en vivo, sin filtros. Y te agarré, guarro. Entre descorches, el affaire empezó a desvanecerse hasta que posamos en el living del amor, trocamos vinilos y hablamos. Sin make up, hablamos. Y elegimos lo que somos: una exquisita pareja de escritores perdidos, de hombres encontrados.
El humor, Symns, Capusotto, Dolina, Lammoglia, las nochecitas de Laprida y Corrientes, la hermosa cena sin Silvina en tu casa, los maratónicos chats, la insistencia por aceptá y abrí: qué reeeco. Situaciones de vida y un momento cumbre: el adiós, la separación, cómo ahora, si recién empezamos, la puta madre, porque te extraño, loco, yo también, loco, siempre agregando el trato rancio para no ser tan putitos como los rugbiers en Divas. Mi partida, después del semen Pantene ProV, te dejó allá, me trajo acá, pero me acompañaste como nadie, durante las siestas más duras de mi vida. Nunca me dejaste. Me temblaban las piernas, iba a colgar los botines, me llovían los gargajos, pero te metiste a la cancha, en pelotas para que te filmen, le mandaste un saludo a los que te conocen y me salvaste. Tu pasión me llevó a escribir en un blog (volveremos, ¡eh!), pero tu estirpe creativa y tu honestidad ósea generaron un registro en Asch. Y él confió en ese registro. Y me dio laburo. Y hoy vivo en Buenos Aires gracias a vos. En esta ciudad que te recibió conmigo adentro, con calor, Quilmes, la mejor música en una noche, y los cachetes de Albertina. Todo por el hermoso Ente Tucumán Turismo. Gran viaje, sagrado Juan Pablo. Recién empieza.
Felices 30 años y tres días, hermano, amigo. Tu nacimiento no me resbala. Quizás tampoco recuerde los 31.

Alfredo Aráoz, encantado de conocerte.
  • Nota del editor: Tanto Alfredo como yo, admiramos a Alejandro Seselovsky y tenemos todos sus discos.
  • Divas es una disco gay (de travestis, en realidad), de Tucumán.
  • I can' get no hace referencia a una remera que tengo y que en realidad dice "I can't get no Playstation".
  • Asch: Hugo Asch. Ex director de El Periódico (semanario tucumano), ex prosecretario de redacción de Perfil, actual director de proyecto editorial al que Aráoz fue incluido.

jueves, enero 01, 2009

2009


Duele el cuello. Uno se pone intolerante, putea por todo y se enloquece en el enloquecido ritmo de los demás.
Como si el Gabriel hubiese tocado la trompeta anunciando el fin de todo, corren a los shoppings como ratas a la madriguera. Miles de personas hablan al unísino. Bocinas, embotellamientos, caos.
Algunos aportan al ruido su cuota de decibeles instalando los enormes parlantes de su equipo de audio hacia afuera, varios vecinos hacen lo mismo y arranca la competencia que demostrará quién suena más fuerte. Obvio, melodías vulgares, expresiones baratas en forma continua, enganchadas por alguien que inmediata mente manda a vender su éxito de éxitos al suelo de la peatonal. Así fue a para a mi vecino, y al otro y al otro, quienes no escuchan la música dentro de su casa y prefieren regalársela a los demás.
-Buenas. Venía para comprar unos cuantos cohetes.
-Si, tiene con estas y estas luces que hacen esta figura...
-No, yo quiero de esos que suenan bien fuerte...
¿Sonará así una guerra? Toneladas de papel quedan en el suelo y miles de perros corre confundidos por las calles. Plata quemada, que le dicen.
No, este texto no representa un queja.
Lo mejor del día de año nuevo, es el día en sí. El 1 de enero por la mañana y lo que sigue. No hay sonido más que el de los pájaros. Algún humito de asado que se huele cercano y el extraordinario sonido del viento en los árboles.
Se trata del día más calmo del año y creo que es el día que más adoro. Porque me levanto y no hay que cocinar: sobró de todo de ayer. Solo se trata de abrir la heladera, sacar un plato y cargarlo de sanguchitos de miga y servirme un vaso de coca cola con hielo.
Eso hice hoy, y cuando encendí el televisor comenzaba Ratatouille. Luego lo apagué y dormí una siestita, tal vez de una hora, abrazado al cuerpo amigo.
Y aquí estoy, redactando este texto de año nuevo mientras veo al gato dormir, escucho a los pájaros cantar y mientras un brisa liviana me envuelve como si Dios me acariciara.
Empezamos bien el año. Feliz 2009.


miércoles, diciembre 10, 2008

La brocha, la pluma y la palabra




Ay, si lo viera su padre. Cuantas ganas de estudiar.

Fue al colegio porque iba un amigo y porque había minitas. Alguna que otra profesora arruinaba la noche, aunque siempre, los jueves, aparecía la teacher. She was blondie. Los pibes le decían que la institutriz del idioma global alguna intriga tenía con él.

Veinte boludos años ya.

“Centro de Altos Estudios” se llamaba. Un colegio que un inversionista de brotado en los 90 de “Carlo”, puso porque decían que daba plata. Poquitas aulas, marcos de ventanas, unos cuántos bancos y el pizarrón era lo suficiente. Cuota cara, eso sí. Ojo, tenían informática, todo en el aula y con fotocopias.

Todos adultos. Ninguno bajaba de los 20 y se trataba de un club social. De carpetas prolijas y trabajos prácticos a tiempo, nadie sabía nada. Pero a él lo empezó a entretener la historia y la lengua. Las minitas de a poco desertaban y él se quedó sin laburo. “Changueaba”, cuentan. Lo suficiente como para comprar yerba y pan, los ingredientes de las apenas dos comidas diarias que se empujaba.

No fue el preceptor el que fue a tomar asistencia una noche, lo hizo el administrativo de un metro noventa y ciento veinte kilos al que siempre veía concentrado en la computadora jugando al solitario. “López”, dijo, “presente” respondió, “afuera” retrucó. “Usted debe seis meses”. Cabeza gacha.

“El guardian en el centeno” de J.D. Salinger era la tarea de aquellos días en los que entraba el chiflete por los agujeros de las zapatillas. La lectura se hacía en los recreos con el libro prestado de la profesora. Total, las chicas estaban todas abrigadas y no había qué mirar.

“Si no paga mañana, no entra más”. Holden, el protagonista de la novela, y él habían trazado el rumbos análogos puesto que los dos transitaban un "camino de desarrollo humano desde un idealismo juvenil e iluso hasta una madurez sobria y práctica. Este camino puede complicarse hacia el final, si se halla contaminado por distintos grados de esceptismo y resignación." La resignación puede tener dos consecuencias: la resignación activa, en donde el afectado es paradójicamente pasivo, o la resignación pragmática, esa en la que se tranza. “El guardian en el centeno” pudo más.

“Yo sé que le debo plata, no tengo para pagarle. Si usted quiere, compre pintura y le pinto las aulas”. Dos meses de brochas, rodillos, lijas, y pinceles.

Entre pared y pared, Holden y él fumaron cigarrillos, comieron sánguches de salchichón primavera y escucharon el aunténtico AM y onda corta que la Tonomac proveía. Ya por las noches, el timbre tocaba y él se escondía. Las minitas no debían verlo con sus jeans simil nevados a causa de la pintura y la cabeza albina de tanto lijar.

Perfumes franceses, el aroma de los trajes de etiqueta, el de los zapatos de cuero italiano, el de los aviones, y el de una fina novia rubia le hicieron olvidar aquella historia.

Sin embargo, no fue hasta hace unos días que recordó todo, cuando el capataz de pintores de su nueva casa, abrió un envase que contenía dos litros de tinner.

lunes, noviembre 17, 2008

Es lo que hay


Se conectan, se llaman, se reunen o se encuentran en la cancha. Todos juntos, “lo’h pibes”, salieron la noche anterior. El sábado de la ducha más profesional, del boxer caro (por las dudas), de polvo Véritas en la pelvis también por las dudas (algunos apelan al Axe en el escroto), el mismo que terminará en el cuello salvo que mamá haya comprado un perfume a la vendedora de Avon.
En el caso de ellos, camisita planchada (nunca remera) dentro del jean, de esos con bolsillos en las piernas, y zapatos náuticos marrones.
Pelo con baño de crema, aliento sin chicle y alguno que otro, un Renault 12.
Como ya hace calor, en el baño de los adonis mojan su cabeza y menean sus rulos en la pista.
Tomaron, como vikingos, ríeron, como tales pero no bailaron: dieron vueltas al asecho de la presa de escote, la dueña de todos los halagos, la reina de la noche. Y el glamour se apartó de ellos.
Cada una de las niñas de atención llamar, rechazó los favores prometidos y el objetivo, en el ocaso de la noche, ya dejó su lado selectivo por el azaroso.
Alguno de ellos tuvo suerte. El beso creció cual hiedra en la pared de la pista.
Ya el domingo, sea de donde sea el encuentro de cazadores, la orden del día establece el balance de la noche anterior.
El que besó, sonríe orgulloso. El que no, reprocha:
-Qué te agrandás… semejante bagre que te chapaste.
-Bueno che, era lo que había…
Todos ríen.
Las historia no es ficción; las imágenes no son mera coincidencia, se repite cada fin de semana.
Nosotros, los que en ningún centímetro de nuestro cuerpo hemos sido moldeados por el dios de la belleza, hacemos oprobio de la mujer conquistada: “era lo que había”, nos excusamos.
Perdón, ¿no será que también uno “era lo que había”?
Cuántas veces el erótico momento vivido con una mujer de belleza notable haya sido vapuleado por sus congéneres al día siguiente mediante un “qué bagre te comiste anoche” y el consecuente “era lo que había” sin que uno se entere.
La conquista de una mujer, en los varones, no busca en su totalidad el placer propio, sino la aprobación unánime de los demás. El “bagre” es motivo de vituperios, risas y burlas (aunque cuando un “bagre” macho se levanta una flor de mina, dicen “mirá la diosa esta con el gil que sale… debe tener mucha plata o así una p…”).
Si bien es cierto que la Pampa Argentina a dado la mejor carne del mundo, el hallazgo ha favorecido en su mayoría a las mujeres. Los hombres argentinos somos, mayormente feos.
He visto la luz; una de las verdades fundamentales de mi vida, la cual imprimió la cuestión en mi mente: ¿será que todo este tiempo el “bagre” fui yo cegado por el machismo? Definitivamente sí, por que “era lo que había”.
Ahora soy feliz porque el “es lo que había” termina por disparar la pregunta retórica fundamental para el autoestima alto: “Qué tendrá el flaquito”.

martes, noviembre 11, 2008

Buenos Aires


Bajás las escaleras y lo primero que tenés es una boletería. Un señor, una chica, una señora, un tipo, un viejo: cualquiera puede atenderte en una boletería. Prefiero pensar que la emisión de la palabra “hola” se desintegra en el vidrio porque nunca me saludó algún boletero. Mucho menos una chica muy linda en la ventanilla de Retiro en la que se compra el boleto para ir a Tigre. La señorita no solo no dice “hola” sino que usa gafas de sol, ahí debajo del tubo fluorecente.
No sé si es una especie de rechazo repulsivo, o una especie de habilidad que se transmite como si fuesen croupiers, pero arrojan la tarjeta como los niños a las figuritas y las monedas como tejo debajo del arco del vidrio. Tampoco hablemos del “gracias”, o del “chau”.
La estación del subte huele a estrés, y las miradas al suelo dan la pauta de una vida en soledad. Un “buen día” general, para el que lo quiera recibir, tiene efectos tan extremos como antitéticos: se puede recibir una sonrisa o un “…cha tu madre”.
Dejar pasar al otro en la puerta del subte, implica la pérdida del tren por lo tanto no importa si se lleva una carga pesada, un niño o si se es anciano, hay que subirse, a como de lugar, con la ayuda del codo.
Peatonal Florida. En su suelo se marchitan millones de millones de oportunidades de conocer a otros, de enamorarse: todo el mundo se choca y nadie se mira. Pedir disculpas luego de la colisión involuntaria sorprende los locales.
Los taxistas parecen harbese doctorado en la Academia Nacional de las Quejas.
Cuantas mujeres sin maquillaje. Sentadas en las plazas con la cabeza apoyada en el puño mirando una baldosa. Cuantas mujeres sin peinarse. Entregadas a la maldición de la edad que ya se fue, la juventud lo es que lo es todo son la causa de sus ojeras y las arrugas el estigma del que ya no sirve.
La cuidad tan inmensa hace que el hombre se sienta un minúsculo átomo en el universo y se pibotea de destino en destino; allí nunca se sabe si se va a regresar a casa.
Las personas no dejan de hablar a las radios, el psicólogo colectivo, que presta gratuitamente su diván que (el teléfono), mientras que durante las 24 horas C5N muestra un mundo mejor para vivir.
Algunos le dicen “coso”, y otros dicen “break”, nadie dice pausa, recreo, o intervalo.
El que anda de traje tiene un modo y acentuación al hablar; el que reparte medias reces en un camión parece hablar otro idioma. Uno odia al otro por “cheto” y éste al anterior por “cabeza”. Cada grupo se distingue por su atavío, modo de hablar, peinado y otros puntos, todos, siempre visuales. Lo que cada uno muestre eso es.
Los hombres “son todos unos complicados”, “las chicas todas histéricas”, “este país da para todo” por eso es que “ya no se puede vivir”.
Todo es lo “más” del mundo, y estamos de acuerdo: la cuidad más coherentemente contradictoria de este planeta. La villa se erige con soberbia frente a los hoteles más caros de la ciudad. Las personas más indeseables comparten el conglomerado con las más maravillosas; las más ricas, con las más miserables.
La noche puede ser un ápice de pasión o la soledad más persistente.
Te juro, está bueno Buenos Aires.

lunes, octubre 20, 2008

¿Qué hora son, mi amor?


Sí, billetera mata galán, pero no reloj. No hay Rolex que te salve de la vergüenza.
Te mofaste ante tus amigos de haber conseguido el tesoro más preciado: la cita telera con las mellizas Débora y Julia D., dos increíbles mujeres iguales con los glúteos de Rocío Guirao, las lolas moderadas y naturas de Carla Bruni la actitud de Illona Staller, apenas 20 años (que reeco), sodomitas, insestuosas y más pedigüeñas que piquetero en Navidad.
Juntaste unos 500 en billetes de 10, para que la billetera se te vea gorda.
¿El plan? Ir el sábado directo a la loncha delgada de carne magra en el albergue de los sueños.
Y así fue. Pegaste un Falcon modelo 78 palanca al volante, de esos de un solo asiento de modo de ir con las dos entretenido. Tocaste el "tu-tu" que las haga bajar del "deto", pusiste primera y ellas fueron “a lo suyo” también probando la caja de cambios albergada debajo de la tapa de cilindro de tus Angelo Paolo.
Habitación disponible. 23.30 y dos horas de lujuria por delante, además de la rigidez de un caballo salvaje.
Pero ay de ti hombre necio, no recordaste que el matrimonio preside hasta el tiempo y adelantó la hora.
La insaciables a las 00.30 reales, 01.30 K, recién terminaban su show promiscuo e (insisto) insestuoso de caño (ese que sueñan bailar en lo de Tinelli y así pasar por lo de Canosa, Rial, Carlos Paz, Mar del Plata, y los yates de la oligarquía?, cama, mesada, jacuzzi, suelo, patio privado.
Pero la argentinidad del controlador de tiempo del hotel de los adulterios salió a la luz, y anunció fin de turno. “Señor usted entró a las 23.30”, retrucó ante el reclamo. “¿Qué hora son, mi amor”?, “es verdad, la 01.30 y son $200 por el show y paganos ahora, mi amor, que nuestro cafishin está en la puertita del telo”.
Cuando Mefistófeles develó su identidad a Fausto, este se sorprendió menos que vos.
Fueron $250 de la suite Eros, $50 del champú marca Moria Casán, y $200 del show. Los “ja” de tus amigos en el bar, hicieron creer a los transeúntes de la vereda que había un humorista dentro sin darse cuenta que allí no se encontraba un auténtico loser, sino una víctima más de la terquedad kirchnerista.

martes, octubre 07, 2008

Ví luz y entré


La noche, se presta. La estación más botánica del año hace de las suyas en la progesterona, vaya a saber uno por qué.Las chicas no hacen previa de fernet y cerveza, lo de ellas el tráfico textil. Una lleva las sandalias, la otra la remerita y así el espejo es explotado como un somalí.
El boliche elegido es uno de entre las decenas de la movida nocturna. Dos gotas de Chanel Nº 5, tanga, pollera y taco aguja. Hacen pucherito para tener el privilegio de la entrada libre (damas gratis a toda hora siempre y cuando prometas fiesta al cajero).
La disco, presenta un catálogo interminable de potenciales dispensadores de amor y promueve el intercambio de fluidos mediante su oscuridad, elecciones que, en la mayoría de los casos, termina precipitándose por la música (o el volumen de esta puesto que de día se puede escuchar lo mismo y nadie se pone a levantar a otro) y la oscuridad imperante adornadas por una iluminación cuidadosamente sugestiva.
Los parroquianos de estos templos de perdición tienen la posibilidad (algunos en gran porcentaje y otros en menor) de ganar el privilegio de la contemplación desnuda de estos cuerpos que ondulan al ritmo de las melodías. Existen otros que, aún no habiendo sido favorecidos en su estampa, tienen mayor posibilidad de ganarse un show de caderas, a saber: el/los dueños del boliche. Algunas nenas entregan su cuerpo al ticket del ahorro, y a la pulsera VIP, milagrosa llave maestra que abre cualquier puerta cerradas por portones de músculo puro; patovicas que le dicen. También este género puede llegar a ser objeto de admiración de las mujeres desamparadas o de las que sueñan encima de sí mismas una espalda como galería de mansión que les tape la luz del foco telero.
El barman: pocos son los obreros de la cirrosis que no hayan regalado un champagne a cambio de unos (mínimo) besos. Acaso tampoco existan barmans feos.
El dj: siempre puede ser objeto de admiración y no faltará mujer que entregue su cuerpo melómano a los ritmos percutivos del que mejor sabe manejar el pitch.
Pero hay alguien que tiene un necesario protagonismo en la noche y nunca a sido objeto de interés de la mirada femenina. Es quizá el papel co -protagonista de la historia que se escribe en la noche: el iluminador.
¿Alguien alguna vez se levantó al iluminador de un boliche? ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh? ¿Habrá boca de mujer que haya besado esos labios magullados de tanto pelar cable con la boca y no con el alicate? Alguna por su condición de groupie novata no le quedó otra que entregarse al sonidista gordo con tal de llegar al grupo, ¿pero alguna se levantó al iluminador? ¿Será que su condición de eléctrico patea cuando alguien lo toca? ¿Eh? El está ahí, por lo general al lado del dj, ornamentando los ambientes de la melodía reinante. Contempla la pista, mira las manos levantadas de la gente ávida de promiscuidad. Si alguna niña pela, él ilumina, los muchachos miran a la niña y ésta mira a los rostros de deseo de su auditorio. Cuando llega el recato, nunca mira al iluminador para agradecerle ese impulso al camino a la fama.
Las groupies fueron siempre en busca del músico, aunque sea del músico invitado. Hasta el del coro ganó, y ni hablar de los plomos que son como los perros que comen las sobras.
El iluminador tiene camión aparte: es el primero en llegar (cuando no hay nenas), y es el último en irse, muchas veces cuando no hay ni nenas ni paga: las nenas ya se han subido al colectivo de los músicos para emprender un viaje a los confines del colon (a una estrella de rock se le entrega todo).
¿Qué haría Pink Floyd, Waters, Peter Gabriel, la Creamfields y Lito Vitale sin luces? ¿Qué sería de Ibiza sin iluminadores?¿Eh? Si bien es cierto que todos decimos “que buenas estuvieron las luces” ¿Quién dijo “que buenas estuvieron las luces, quiero conocer al iluminador"? ¿Eh? Hasta lo omitieron de aquella frase que enuncia "ví luz y entré".
Se trata del hombre olvidado detrás de una consola de perillas, puntos y tomas corrientes. El que se bancó horas y horas de clases de electricidad en las E.N.E.T. todas.
El iluminador es el compañero de la banda en descontrol escénico. El que apagó la luz cuando no se pudo con la vuelta del tema lento, el impulsor de tu viaje de éxtasis cuando enciende los flashes.Ahí está él, en cada pista y en cada recital anhelando envolver el cuerpo de una niña con su cinta aisladora; mostrarle su habitación en la que invariablemente siempre cuelga una bola de espejos.
El iluminador es el albor de nuestros ojos pecadores, el teleobjetivo de nuestras ametralladoras; el iluminador es, en suma, una luz en el camino al Hades
(Choreado de leebrucelee.blogspot.com, mi otro blog.)

miércoles, septiembre 24, 2008

Bailar pegados es bailar



Tres hombres, tres mil trillones de células reproductivas, empujadas por el avance avasallador e inminente de la testosterona, activada por la cerveza, que enlatada con una capacidad de 350cc. en las manos del que ha caído al antro equivale al vasito del odontólogo.
Y se baila, como primate. Se relojea como búho buscando la coincidencia de contemplaciones. Cuando el encuentro se lleva a cabo, no se mira a la muchacha, se la escanea.
Tres hombres. Bailan. Gritan, hacen chistes. Carcajadas de camionero. Detrás, la progesterona en toda su efusión, moviendo lo que mueven los primates hembras aprovechando la luz negra para la acentuación curvilínea. Y la manifestación hormonal masculina, a esa altura ya es una revolución rusa. El zarismo ha caído. Rasputín no se hace cargo de las últimas dos sílabas de su apellido y quiere demostrar su virilidad.
Los muchachos buscaron la entrada perfecta, aunque se antecedieron ellas: pidieron foto. Recurso ambiguo: ¿pidieron solo con el ánimo de plasmar una instantánea o de conocer al grupo? No. Querían conocer al más lindo.
Pero la hormonidad de ellas es compatible a la de los muchachos y el grupo, pragmático, nada irasible y generoso de actitud, hizo parte abrió inscripción.
La noche llegaba al fin. El país enteró arengó el retorno triunfante del la canción “lenta” y la gitana dio con el gusto. Sonó el primero, los muchachos miraban, meta echarle carbón a la locomotora. Las chicas solo miraron el suelo.
Las células reproductivas, las hormonas y la revolución cayó en el precipicio cuando la advertencia cortó la pasividad de la melodía: “estamos todas de novias”.
Aún así, el pragmatismo hizo bandera, y para no ejercer el ejercicio humillante del derrotado cuyo estandarte de “poronga” se arrantra sobre la polvora de la guerra perdida, los muchachos allí se quedaron.
Sonó “Amazing”, “Presente”, y algunos dignas de un telo de $18. La imagen se proyectó sobre cuatro chicas y tres hombres en ronda moviendo sus cuerpos sin siquiera tocarse, aunque ese momento estaba premeditado para tacto y el intercambio de fluidos.
Cantando la canción con el gesto de quien está en el concierto del intérprete, en suma, este relato es el registro de En suma, cuatro pelotudos bailando lento pero solos.