
Si. Estoy copado con “El héroe sin nombre” de Rodolfo Rabanal (insisto: tal vez mi escritor favorito). Por eso es que en este post, les dejo otro fragmento.
Contexto: Es la época de la dictadura militar. El protagonista y la mujer con la que mantiene una relación, viajan a Rawson para visitar al hermano preso de la señorita.
Después de salir de la cárcel, la pareja decide hacer algo para disipar el dolor que vivieron en el lugar. Lo único que encuentran abierto es un cine donde proyectan “La maldición de la pantera rosa”, y deciden entrar. Disfrútenlo.
Prácticamente no hay espectadores, cinco o seis personas a lo sumo en butacas intermedias. Elegimos las últimas y nos apretamos juntando las manos. Las magnificas torpezas del inspector Clouseau nos diluyen en nuestros pensamientos penosos (los míos al menos) como se diluye un terrón de azúcar en una taza de café caliente. Peter Sellers, que vuelve loco a su jefe, habla marcando consonantes y perdiendo las vocales en el camino en la parodia extrema de un británico snob imitando a un francés igualmente snob. El efecto es tremendo y ahora nos reímos como si hubiésemos recuperado la felicidad, media hora antes -la pobre- al borde del abismo. Después, cuando el film promedia y ataca la parte final, mi mamo derecha busca entre su ropa y la mano izquierda de ella se desliza hacia mi entrepierna, mientras empezamos a besarnos como si nos bebiéramos el uno al otro. Ahora ya nada puede detenernos, a ella le excita hacerlo en los cines y en los lugares públicos, en los rincones de distracción y en los trenes nocturnos. quizá se trate de una forma peculiar de rebeldía. Y mientras lo hacemos sé que la cárcel es precisamente la imposibilidad de este esplendor, de esta porfía y de este desafío. He aquí la fuente de todas las delicias brutalmente denegadas al convicto, los bienes incalculables del “mundo exterior”, la luz del aire sobre las últimas ramas de los árboles un atardecer de primavera, y la boca tibia de una mujer amante acariciando con sus labios y su lengua el terso escroto y el glande inflamado del hombre en la inigualable intimidad de la total entrega. No puede haber mayor penuria y privación impuesta por los hombres a los hombres que ese exilio, ese destierro del sexo festivo. Pero sexo parece sonar ahora como una palabra acaso demasiado delimitada, demasiado circunscripta a un tipo de comportamiento fisiológico, casi clínico. Entonces ¿qué más? ¿qué otra palabra cumpliría el requisito que la plétora exige?
Ana María Ryghe dice pasión, entusiasmo. Y yo añado: perturbación deliciosa de los sentidos, fruición extrema, arrobamiento de la sensualidad feliz. Y ella: alianza “opuesta” de las sensaciones, ansia, desvelo y codicia. Hambre. Amor. Y yo sigo: Recompensa, satisfacción y vacío, necesidad y cumplimiento. Y ella: Amor. Violencia, dolor, placer y ternura. Ritmo. Amor.