lunes, septiembre 15, 2008

Un relato de cartón y un corazón de acero


Era de tarde cuando se ordena que en esta página se realice una “nota” acerca de los cartoneros. Su vida, las horas de trabajo, su paga, su recorrido, cada uno de los detalles que hacen cada vez más popular este trabajo.
Noche de miércoles. Se anuncia lluvia. A buscar cartoneros para la “nota”. Uno no quiere, otro, tampoco. A seguir buscando.
Peatonal Mendoza al 600 atestada de botellas de plástico apiladas y cajas de cartón. Con y alrededor de ellas, como hormigas, llevando y trayendo, los cartoneros.
“La nota”, no se hace, nadie quiere salir.
Muchacho junta cartón en la misma calle a la puerta de un local de regalos. “Hola”, dice el cronista, “hola”, contesta el muchacho.
Trabaja enérgicamente, en soledad, en silencio. Moreno, de ojos achinados y rostro tierno. Dedos gruesos, uñas gordas, mucha mugre en sus manos.
Mario Antonio Páez, dice llamarse, 25 años, en pareja; una hija de un año y medio, y otra recién nacida.
Por lo general, cuando se realizan estas “notas” se acercan chicos de la calle u otros cartoneros a hacer chistes o bromas, y las notas son distendidas, esta noche eso no sucede. Nada interrumpió la charla entre el cronista y entrevistado.
Pero Mario habló, y puso bajo los cimientos de esta “la nota” una bomba que la demolió reduciéndola a escombros esparcidos por ¿el suelo?
“Pagan $0.20 el kilo”, explica. “Yo vengo a trabajar como a las nueve. Salgo de mi casa con el carrito a las siete y llego como a las ocho y media. Cuando cierra este negocio, ya me arrimo y me dan el cartón. Ellos siempre me lo dan a mí”, relata.
Al cartón que junta para vender, lo pasa a buscar un camión por su casa y se lo compra. “Nosotros le vendemos a un acopiador a $0.20 el kilo, y él lo vende a Buenos Aires a $1.80 ó $2”.
En total, Mario hace $20 diarios aproximadamente. “Antes ganaba mejor porque tenía el carro, pero me robaron el caballo. Al carro se lo di a mi hermano porque lo necesita. Quién me va a comprar un carro”, dice mirando al suelo con gesto de dolor.
Un caballo se está pagando $600, el carro $1.000. “Así que tengo uno más chiquito ahora y a ese lo traigo y lo llevo pechando no más”, indica.
“Hace como un año mi hija mayor tuvo un accidente. Se calló en un tacho de agua. Se ahogó y ahora tiene una parálisis cerebral. Casi me muero (se refriega el rostro). ¿Sabés lo que es? Ahora está con una traqueoptomía [una manguera que se le introduce por la garganta y hace funcionar sus pulmones] porque tiene parálisis cerebral. No me alcanza para los remedios, no me alcanza para la leche, y me nació otrita y es difícil”, dice y sus ojos empiezan a cargarse de lágrimas, pero aguanta mira hacia el suelo, agarra un cartón y lo dobla.
Luego revela que otra manguera entra por la panza de la beba y de esa manera se alimenta.
“Lo médicos me dijeron que su cerebro puede andar mejor, pero ahora no”, explica.
Vive junto a su familia “en una casa de machimbre”. Con su esposa y las dos nenas. Araceli, la mayor, vive constantemente con el aparato que la hace respirar, y comer.
“Encima para llevarla al hospital, siempre lo tengo que hacer en un taxi porque no puede andar en los colectivos porque hay mucha gente y un resfrío no más le puede hacer mal. Yo veo a otros padres que andan con los chiquitos paseando y yo la saco a mi hija. Mi señora me dice que le puede pasar algo, pero ¿qué voy a hacer?, pero yo la saco con el aparato y todo. Quiero que mi hija tenga una vida como cualquier chico”, relata consternado y otra vez a doblar el cartón.
“El aparato me lo consiguió Federico Masso, gracias a gente del hospital que se lo pedía. Después yo hablé con él por si podía conseguir ladrillos para hacer una casa con eso, porque el machimbre para mi hija es peligroso por las enfermedades. Fui varias veces y me dice siempre que vuelva después. (Silencio prolongado) Pero qué va a ser, es la vida del pobre. Yo quiero que mi hijita esté bien, que no sufra en la casa que tengo ahora. La quiero sacar a pasear, comprarle cosas”, reflexiona y vuelve a quebrarse, pero aguanta, no llora.
Silencio. El cronista no le dice nada. Él, calla y dobla.
Tiene habilidades como albañil, pero no tiene un oficial que lo llame.
Poco a poco la escasez de trabajo se profundizó, y “salí a juntar cartón”.
“Cuando lo ven a uno con la ropa que anda, que es para juntar cartón, las mujeres ahí no más se agarran las carteras, y yo le digo, amigo, que los choros, no están aquí trabajando. Ellos ganan bien; lo de ellos es más fácil”, afirma.
Vuelve a consternarse, otra vez aguantar. Tal vez a modo de descarga enuncia otro “qué va ser”.
Aunque contó que su hija necesita un respirador portátil de $1.500, que también quiere un trabajo más o menos estable, no lo pidió. “Lachiquitas no tendrán ropa de lujo, pero están bien”, cuenta.
Mario no aprovechó el contacto con un medio para pedir algo, más bien, enunció como un lema “hay que pelearla. No queda otra.”
Buscaba una “nota” acerca de “los” cartoneros. Esto, no es tal cosa. Podríamos llamarla “historia”.
La charla terminó y Mario dobló su espalda a su tarea, humilde, sin pedir nada, sin preguntar siquiera fecha de publicación de esta “historia” y se despidió limpiándose la mano y luego ofreciéndola.
Mario habló y entre sus palabras no hubo una sola queja al destino, Dios, la Patria, ni a los hombres.
Mario habló y puso bajo los cimientos de esta “nota” una bomba que la demolió reduciéndola a escombros esparcidos por ¿el suelo? ¿el suelo del corazón? ¿ el centro de nuestra egolatría? ¿de nuestra inconformidad? ¿de nuestra argentinísima queja permanente?
¿Será esto periodismo?

10 comentarios:

Pasajera En Trance dijo...

interesante che...estuviste en el recital de la vela puerca???...me parece q te vi...o era un chabon muy parecido a vos...

besos!

Eclipse dijo...

cada vez que leo, escucho o veo algo así me entra una impotencia enorme y unas ganas de llorar...
me ha tocado conocer experiencias de estas muy de cerca, trabajando en barrios muy pobres, conociendo a niños y sus familias, pero cada historia es distinta y cada historia me llega siempre.
a pesar del dolor que causa y que se siente en esa miseria de la resignación, agradezco que siempre tengo la misma sensación, que no me vuelvo insensible ni me acostumbro, que debe ser lo peor que nos puede pasar.
un abrazo... no sé qué más decirte.

Juan Pablo López dijo...

Pasajera: si, era yo.

Juan Pablo López dijo...

Pasajera: si era yo, en mi versión etílica.

R Pandolfo dijo...

por qué intentaste ser más importante que la nota? nose entiende que des tantas vueltas para comenzar "la nota" (no entiendo las comillas) desde mi humilde punto de vista, empezas contando una cosa, terminas hablando de otra, cuando le podrías haber sacado más jugo a la historia de ese tipo. Ademas, lo de este cronista, me parece redundante, y la egolatría que resaltas, queda de manifiesto en vos mismo. Creo que no es periodismo, para responder a tu pregunta.
Trato de que esta sea una crítica constructiva y tomalo asi

ROX dijo...

uff !!! en Buenos Aires te topas todo el tiempo con gente que trabaja de esto... y en el centro todos culpan a los cartoneros por el desparramo de la basura, pero la realidad es que los que desparraman la basura es la gente que vive en la calle y desparrama todo buscando que comer, desde comida en descomposición en adelante...

Pasajera En Trance dijo...

yo estaba en la misma situacion...encima perdi a mis amigas...claro hasta q el pogo me llevo a ellas nuevamente...

Pasajera en trance dijo...

A mí me gustó, también. Si lo hubieses posteado dos semanas antes me servía de modelo para la crónica que me pidieron en la facu... presenté cualquiera :S

Y bue...

Buen finde, sr!

Kim Basinguer dijo...

La vida de los mas pobres, siempre me encoge el corazón, lo malo es que cada vez hacemos menos por ayudar.

Anónimo dijo...

Me llegó hasta las lágrimas!